La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 15)


Mauricio Borghi antes de aquel fatídico 12 de Marzo ya se había puesto en contacto con Clara Martínez.
El día en que María Gabriela piso por primera vez las oficinas de la Editorial Perfil, Mauricio Borghi se acercó a ella. A simple vista notó que la joven, a diferencia de todos los que accedían por primera vez a un empleo de ayudante, tenía las formas y las ropas de la alta sociedad Argentina. Lo sabía porque él entró a esa empresa con un puesto similar y también venia de ese mundo empalagoso.
Con el correr de los días y de las conversaciones que mantenía con la novata, obtuvo la información para madurar su plan original. Aquella jovencita que había escapado de un hogar rico había caído como del cielo para ellos.
Después de largos y acalorados debates dentro de su organización, Borghi había convencido a sus compañeros de que podrían hacerlo, la información que le había dado la joven podía servir para extorsionar de alguna forma a su familia rica y lograr en el tiempo repetidos y cuantiosos rescates. María Gabriela se podría secuestrar fácilmente, casi voluntariamente. Para ellos estaba todo servido en una bandeja de oro.
Con el correr de las reuniones y de fijar finamente los detalles mas minuciosos del plan, comenzó a ocurrir algo inesperado para todos. Mauricio Borghi comenzó a enamorarse perdidamente de María Gabriela e intentó convencer a todos de forma individual de que el plan, su plan, no debía prosperar. Por primera vez en aquella pequeña organización política se comenzaron a elaborar sospechas internas. Las discusiones se hicieron entonces mas acaloradas hasta el punto de irse a los golpes de puños en dos ocasiones. Borghi comenzó a odiarse mutuamente con un compañero y delegado gráfico llamado Britez . Los ideales y la ética personal se volvieron temas de discusión nuevamente como en los inicios, nada estaba resuelto ahora en sus cabezas ni menos en sus corazones. Los argumentos de Borghi en la organización, se caían uno por uno frente a los argumentos de su nuevo adversario. Britez sentenciaba frente la aprobación de todos: El bien colectivo está por encima de cualquier mezquindad personal.
Todo ya parecía resuelto, María Gabriela tendría que ser secuestrada como ya se había planificado desde el principio. Como lamentablemente había planificado él desde el principio.
Pero algo terminó salvando a Borghi. Eso fue la aparición de un plan superador que decia: ¿Por qué no usar a la joven como carnada para secuestrar al mismísimo Rafael Zicavo, el empresario textil más grande de Suramérica?
Más ambiciosa y más arriesgada, Aquella idea es aprobada sobre la mesa aunque nadie podía recordar bien quien la profirió, (entre tantas semanas de discusión sobrepuesta y sobresaltada) este nuevo plan los había unido de vuelta eufóricos. A todos menos a Britez, que consideraba terminantemente a ese plan como un mero suicidio.
El plan se desenvolvería de esta manera según la información que había recopilado Borghi de María Gabriela:
El empresario Rafael Zicavo salía todos los meses de enero y febrero rumbo a la provincia de Salta y el Chaco donde por cuestiones de negocios visitaba alguna de sus plantaciones. En ese momento quedaban en la casa solo unos pocos hombres de seguridad, trabajadores varios, mayordomos, jardinería y una mujer sin ninguna tarea específica llamada Clara Martínez. Esa era la mujer necesaria para comenzar la primera parte del plan. Esta mujer llamada Clara concurre a misa, como todos los domingos del año, en una parroquia de Nuñez llamada Santiago Apóstol. Estos meses de verano Clara se movía sin ningún tipo de seguridad. Los compañeros de Borghi harían los arreglos para ocupar y aislar a Clara de las demás personas dentro de las bancas de la iglesia. Borghi se sentaría a su lado discretamnete, le diría de forma entendible y amenazante de que ya tienen secuestrada a María Gabriela, (secuestro que no sería necesario según los argumentos de Borghi frente a sus compañeros) y que ella tenía que seguir un numero de instrucciones si quería otra vez volver a ver a María Gabriela.
Concretamente, las instrucciones eran vaciar la pistola Bers calibre 22 que Rafael Zicavo llevaba consigo cuando salía de su casa y colocar unas balas falsas que ellos mismos le proporcionarían. El segundo paso era de informar mediante unas señales concretas cuando se estaba haciendo el cambio de guardia en las garita interna de seguridad, (único momento donde el empresario quedaba completamente solo dentro de su casa). Luego para terminar, se dejarían abiertas todas las puertas de la casa menos la que comunica con el ala izquierda del parque y a su garita externa de seguridad. Aquello era realmente complicado para esa simple mujer de campo y fue revisado muchas veces en la organización del secuestro. Borghi opinaba que con solo la apertura de las puertas y la señal de cambio de guardia ya era suficiente. Pero llegado el momento, ante la docilidad pasmada de la mujer, Borghi le terminó indicando todo aquello, una y otra vez, con amenazas e insultos entre medio y las palabras armoniosas de fondo del sermón sacerdotal.
La incertidumbre era completa ¿Que sería de ellos si aquella mujer daba aviso a Zicavo o a la policía? O peor aún ¿Que sería de ellos si esa mujer asustada cometía todo tipo de errores y era atrapada en el momento?
Pero nada de esos malos augurios se cumplieron ese 12 de Marzo, sino otros. Clara cumplió todos los movimientos encomendados con total solvencia, por que amaba realmente como una madre a María Gabriela y por que odiaba también como si fuera su verdadera madre a quienes la raptaron fríamente. Clara hizo absolutamente lo delegado y todo quizás hubiera terminado como habían planeado esos improvisados secuestradores, si no fuera que alguien interno a la planificación hubiese dado un aviso previo. Quien sabe que pasaría si Britez no hubiese dado la alarma a la policía un día antes a cambio de protección.
Su protección no llegó y todos fueron abatidos, todos menos Borghi que herido en el hombro fue trasladado por el grupo de tareas hasta el centro de detenciones. Clara al descubierto, fue interrogada por el mismo Rafael Zicavo, ella lo aceptó todo y sin embargo fue perdonada.
Asombrosamente continúa con su antiguo puesto de institutriz de una niña que ya no está. Todo en esa gran casa pareciera no estar nunca y hasta el día de hoy la vieja Clara cree que María Gabriela Zicavo sigue aun secuestrada, en algun lugar del mundo.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 14)


El taxi se detiene en una esquina de la Avenida Libertador, Elías baja y éste arranca curiosamente sin cobrarle nada. Ya se está haciendo de noche y comienza a caminar hasta un caserón de paredes altas que abarcaban media manzana. Cubierto entero por una prolija enredadera, busca y encuentra la numeración dorada sobre la puerta, Elías Aceval estaba en frente de aquello que decía la carta: “Maure 1805” Toca un timbre gigante y espera, al contrario de toda esa enorme casa una mujer pequeña con traje de mucama y abatida por la edad sale a recibirlo, extrañamente es ella quien se presenta.
- Cuanto tiempo Borghi, ya lo hacía muerto. (Borghi ese nombre le parecía ahora ajeno y lejano)
- Discúlpeme, no recuerdo su nombre.
- Clara. Mi nombre es Clara Martinez
La vieja ama de llaves realmente parece conocerlo y parece reprocharle a Elías el hecho de no estarse muerto. Todo pareciese ya una conspiración enorme que todos conocen al detalle menos él.
Elías recuerda también que el nombre de aquella vieja amade llaves y la dirección de aquella casa ya se los había escuchado a aquella mujer que le regalo su nombre entre los asientos de una iglesia ¿A quiénes se refería la vieja cuando habla de que estaban esperándolo? ¿Ella y quien más? Muchas preguntas acosan a Elías pero de todas maneras cualquiera de estos sobresaltos no pueden replegar por mucho tiempo a su carácter de divinidad apática, observador tranquilo, como si lo hubiese experimentado todo en este mundo, hasta la misma muerte, Elías se mantiene sereno tratando de filtrar un poco más el interior de la casa, buscándola en ella aunque sea como una voz.
La anciana pequeña, delgada y con graves síntomas de nerviosismo lo hace pasar a la sala, comienza a decirle que el empresario Rafael no viene hasta la semana entrante, Elías le pregunta impaciente.
- Vengo a buscar a Ana, se ha olvidado su bolso en la iglesia.
-¿Qué iglesia? ¡Quién es Ana!
La vieja al borde de morir de nervios le vuelve a preguntar por otro nombre.
- ¿Que es de María Gabriela, a donde es que usted la ha ocultado? Su padre desesperado hace años que la está buscando.
Elías le intentaría explicar que no conoce a nadie con el nombre de María Gabriela, que perdió la memoria hace unos meses atrás en las aguas de un rio maldito. Pero es todo muy complicado y solo se detiene a observar algunos de los cuadros que llenaban las paredes, los notó sin mucha técnica, pueriles y con motivos muertos. Imaginó esta vez a la mujer que le regaló un nombre entre las bancas de la iglesia, pintándolos en su adolescencia bajo la luz de un otoño como este, incentivada bajo los elogios del empresario y las exclamaciones de falsa impresión de la mucama nerviosa. Es esta misma mucama que lo mira desconcertada y corre a la puerta sin que nadie llame a ella, la abre violentamente y lo invita a salir a grito tendido.
Elías la mira sin poder creer lo que pasaba y aprovecha en su inesperada retirada a descifrar el otro apellido de la mujer con rostro de mármol sobre las telas pintadas: María Gabriela Zicavo. La mucama le grita imbécil y Elías al fin sale humillado y conmocionado por el segundo nombre que le fue entregado. Esa casa y esos cuadros no eran de Ana Neri sino de otra mujer, la mujer que nombraba la vieja ama de llaves a cada rato. "María Gabriela Zicavo" repetía como saboreándolo, luego lo unía al otro, lo combinaba, lo deleitaba una y otra vez. Tenía la certeza entonces de que conocía ese nombre y lo había olvidado por las aguas terribles del Leteo en su Constancia natal. No podía resistir el pensar que ella había pintado esos cuadros para darle otro mensaje. Era evidente que la mujer que le había regalado un nombre entre las bancas de la iglesia lo había vuelto a hacer. Pinturas que lo buscaban desde el acto preciso en que ella grababa el mensaje bajo su mano de mármol. El segundo nombre y la completa forma de su alma pero esta vez dentro de un pasado más remoto y difuso, bajo el cuerpo de una adolescente que pinta cosas muertas sobre el otoño. Ella improvisa un descuido y le entrega su segundo nombre… María Gabriela Zicavo
Una vez en la calle Elías se sintió otra vez un extraño, poseía aun el calor de esa casa y temía que la tibieza que le otorgaron esos cuadros lo abandonara en cualquier momento, su corazón se desteñía de gracia y buscó el apoyo de las altas paredes y sus enredaderas. El auto verde petróleo donde se había subido la mujer de mármol y el mendigo canoso estaba en la calle de enfrente, le pareció a Elías que no estaba hace unos momentos cuando llegó a la casa, sin embargo no había nadie dentro. Cada vez las cosas tenían menos sentido, su vida se hacía cada vez más parecida a un sueño donde las circunstancias cambian constantemente, exigiéndole a uno todo el tiempo actuar de alguna forma. Aunque una vez se considero ateo, ya no lo recordaba, y se veía entonces en el punto crítico de andar exigiendo todo el tiempo al cielo, ese olvidado papel que tiene que interpretar.
Caminó por mucho tiempo y se juró serenamente no detenerse hasta que la tierra termine. No sabemos si fueron las aguas del Leteo o lo que le ha tocado vivir, lo que sí es seguro para todos, es que fue en esa caminata donde Elías se volvió loco.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 13)


Los días pasan y Elías solo observa un pequeño comprimido de veneno sobre la mesa de luz, a veces logra tocarlo y descifra el resultado de un pasado borroso. A veces también escucha pasos fantasmas sobre la calle y corre hacia la ventana, pero nunca hay nadie transitando esa calle salvo oscuros taxis libres de cualquier humanidad. Si no fuera por la necesidad de ir al baño mohoso o a una pizzería se quedaría siempre acostado en ese lugar. Se asoma al pasillo, está desierto, comienza a avanzar hacia las escaleras cuando los dos niños gritones del "25" lo atraviesan gritando con guardapolvos y mochilas. La recepción está vacía y la calle como siempre, se encamina hacia el bar en que suele comer algo, estos días lo tienen en una condición miserable, sin embargo no podría dejar de abrigarse en ellos.
De regreso al hotel el recepcionista con perpetuo desgano le avisa que vinieron a verlo, Elías lo llena de preguntas, su corazón vuelve a la vida. Le describió sin ganas a una mujer vestida con ropa antigua y a un viejo linyera, era ella y ¿el hombre canoso? Le había dejado una carta, Elías prácticamente la arrebata y huele el perfume imperceptible del bolso negro. Apura el paso hacia la calle y comienza una carrera hacia la dueña de esa carta, de ese bolso, de ese nombre, de ese perfume a acacias. Por ningún lado aparece su imagen y choca la puerta reclinable de la iglesia otra vez, la solemne soledad del interior lo tranquiliza salvo a su corazón que golpea y golpea el pecho. Ella no está. Vuelve a embestir la puerta y corre sin ningún sentido preciso más que el que otorgan esas calles empedradas y desiertas, a veces se detiene a devorar mas oxigeno y un dolor se sostiene cada vez más intenso en uno de sus lados hasta hacerse insoportable. El sobre estaba sin cerrar, dentro, un papel doblado tenia quizás su letra. Había una dirección grabada en tinta negra, camina y la lee una y otra vez. Un taxi dobla dos cuadras adelante y se aproxima. Elías le hace señas y este se detiene, ya dentro del auto se siente mejor, en ese placer locomotivo del que va a un encuentro auspicioso, el encuentro que vale más que el aliento de su vida. Se siente como un niño y casi grita al taxista la dirección que decía aquella carta:
- San Martín 1039, por favor
- La dirección que me está diciendo es donde usted estaba parado - le dice el taxista y corta con una navaja el humor de Elías.
Revisa con mas atención el papel y estaba a punto de bajarse del auto cuando encuentra otra anotación marcada debajo de la primera, solo que sin tinta, como si hubiera sido escrito con algo punzante. Elías la apoya contra el vidrio y se la dice al taxista.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 12)


El mendigo canoso entra a la iglesia junto a otro hombre y le hace señas a Ana, ella se estira y los mira con esfuerzo entre la oscuridad sin entender lo que sucedía. El hombre canoso hace señas rápidas otra vez y chista con algún tipo de autoridad hacia ella, Ana mira de forma extraña a Elías, como interpretando una alarma. Elías mientras tanto está totalmente sobresaltado y se mueve desconfiado entre su banca, solo siguiendo con su cabeza los movimientos de aquellos tres. Sigue sin entender que tiene que ver la joven con los dos hombres de afuera. El hombre canoso repentinamente comienza a avanzar furioso y sobre la banca en donde estaba Elías toma a Ana del brazo, Ana no se resiste, como si lo conociera.
- Hasta luego- dice Ana.
Elías no comprende nada y pregunta.
- ¿Todo está bien?
- Sí, tengo un compromiso, y lo he confundido a usted con otra persona.
La actitud del mendigo y del hombre que esperaba entre la puerta de la iglesia era ahora amenazante. Viejo como Elías, pero mucho mas alto y robusto, solo se fue cuando el mendigo y la joven abandonaron la iglesia. La puerta reclinable no detenía nunca su chillido pendular de madera y bronce. Tuvo la certeza de que todo aquello podía haber sido un intento de robo ¿Usar a la mujer como carnada? Pero no, no fue así, no lo robaron. Ella dio datos concretos de Constancia. El percibió atentamente, con total desvergüenza entre la oscuridad que cerraba la iglesia, que aquella joven no estaba mintiendo y su angustia era real, también percibió real el asombro en su cara cuando el hombre canoso apareció en escena.
Elías mientras procesaba todo esto encuentra un bolso entre las bancas de adelante, aquellas quejosas bancas en donde primeramente se había sentado Ana.
Él siente que de alguna forma las manos nerviosas de Ana le habían ofrecido ese bolso negro para un próximo encuentro. Camina hacia el bolso y se sienta junto a él, Elías quiere salir detrás de ella pero aquel intento solo da señas en un abrazo delicado al bolso y a un perfume casi imperceptible, que impregna desde sus manos y le recuerdan inmediatamente al olor de las acacias negras que cierran Constancia. Aquel aroma le despeja así todas sus vacilaciones.
Elías queda en esa posición y por lo alto unos ángeles de mármol lo observan. Sus manos en alto le ofrecen bendiciones y él las toma con sus ojos en lágrimas, lagrimas espesas que se estancan y nublan aquel lugar. La puerta reclinable vuelve a la inmovilidad ya por completo. Elías desparrama el liquido de sus ojos y se encamina otra vez hacia ella, embiste la puerta pero la mujer ya no se encuentra, corre hasta las rejas con el bolso negro atrapado aun en su pecho. Escucha el rumor de un motor por la esquina y entre los hierros de las rejas ve un lujoso auto color verde petroleo. Una puerta del auto se abre atrás, la mujer que hoy le ha dado su nombre y el mendigo canoso entran en él ¿Quiénes son aquellos hombres? o aun mas ¿Quién es aquella mujer de mármol que le ha regalado su nombre y un bolso? El auto arranca, visión que lo mantiene sin aliento. Aquello es realmente extraño y un umbral le ofrece asiento, el bolso negro lo llama, lo abre con manos ágiles, ante su asombro está completamente vacío salvo por un frasco pequeño y delicado con una pastilla en el interior, parece un remedio, sospecha también con acierto que se trata de un veneno poderoso, no puede dejar de observarlo pero siente que nuevas miradas de intriga ya se posan en él. Debe volver al hotel y pensar en cómo encontrarla otra vez.
Sobre la noche dedujo más calmo que aquella mujer de Constancia que conoció entre los asientos de una iglesia estaba trabajando como prostituta, y el mendigo de alguna forma era su cafisho. Que el lugar de encuentro para recibir a sus clientes haya sido una iglesia le pareció morboso. ¿Y ese segundo hombre que apareció luego? ¿Quizás el verdadero cliente por el que lo habían confundido?
Ana dijo algo también de que lo había confundido con otra persona... Supuso entonces que aquella bienvenida que dio el falso mendigo era un código, el hecho de que Elías le haya dado tanta plata quizás contribuyó a toda esa confusión. Recuerda que Ana estaba nerviosa y muy apurada por salir de la iglesia, y luego se dejó calmar por la conversación asombrosa que tuvo con él.
Dedujo por el auto y por la ropa del segundo hombre que ella trabajaba para clientes de mucho dinero, supuso muchas cosas esa noche, dedujo por la ropa antigua con que estaba vestida Ana y el lugar de encuentro como una especie de perversión blasfema, oscura, siniestra. Supuso mucho y no durmió nada, no sabía todavía si algo de todas esas especulaciones era cierto. Más tarde, unos meses después, tristemente supo que casi todo lo era.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 11)


- ¿Qué la trae por acá?- Pregunta Elías
- No tengo donde ir a estas horas, además este lugar me gusta-. Ana jugaba con algo entre su manos, pero Elías no podía distinguir nunca entre la oscuridad que era aquello.
- ¿De dónde es usted?
- Vivo acá en Retiro.
- Pero usted no es de acá.
- Vengo de un pueblo llamado Constancia.
- Yo conozco ese pueblo aunque ya lo olvidé-. Ambos se extrañaron por esa respuesta.
- Qué envidia - dice Ana triste pero sonriendo- yo vine hasta aquí para eso.
El hecho de ser un completo desconocido para ella o quizás por haberlo confundido con el sacerdote del lugar, Ana Neri le dice:
- Fui criada en una casa muy alejada, dentro de ese pueblo pequeño en que pocos viven, aquello hubiera hecho de mi niñez algo muy solitario y aburrido si no fuera por la compañía de las vacas y mis hermanas muertas. Las vacas y los otros animales se los regaló una vez mi padre a mis tías y a mi madre, a mis hermanas muertas en cambio las mató mi padre. Y lo hubiera hecho conmigo también si no fuese que mi madre y la curandera se burlaron de él cuando tuvo que realizar un viaje urgente, de muchos meses hasta la Capital. Pero el destino nunca le hizo nada fácil a mi madre, a la vez ese destino que fue generoso en darle una belleza increíble, también la había condenado por esa belleza al abuso desde muy joven por parte del dueño de la estancia. Y esa única vez en que habían podido esconder los primeros meses de embarazo, estuvieron mis tías y mi abuela aterrorizadas. Con la curandera ahora cómplice todo el tiempo detrás de mi madre y ambas esperando ansiosas el viaje por meses que demoraría a mi padre... sucede que el destino hizo que mi madre agonizara en el parto mientras yo nacía-.
Ana quedo en silencio y la Iglesia quedó callada otra vez, luego dijo:
- Le puedo contar una angustia, una angustia que le puede parecer tonta en este momento. Considero a las miradas como lo más importante que hay en este mundo... Nunca supe si de alguna forma mi madre alcanzó a verme cuando yo nací.
Elías Aceval tuvo tres secretos importantes en su vida y dos ya han sido revelados. El primer secreto revelado fue llevar a su hermana Magdalena hasta la "ciudad encontrada". El segundo secreto fue contarle a su compañera y amiga María Gabriela, de que él había escapado muy joven desde un pueblo al sur de la provincia llamado Constancia y que su nombre no era en realidad Mauricio Borghi. El tercero se lo contaría en pocos momentos a una mujer confidente que había viajado también desde su Constancia y sorpresivamente para él, se decía hija de Don Alberto Aceval.
- El viejo Aceval murió hace algunos días atrás, yo también soy su hijo y también fui yo quien lo ha matado.
El destino tejiendo y destejiendo como en un juego, los volvía encontrar y ellos no lo sabían. Esta vez no comparten la vida como hijos de una misma madre sino que los encuentra reunidos como hijos de un mismo padre y hermanos también de un mismo odio.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 10)


Son las cinco de la tarde y la puerta del hotel San José, en el barrio de Retiro, está abierta de par en par. El cielo continúa sin decidirse a dejarse llover y la luz que entra da un extraño ambiente a la sala. La oscuridad del lugar da un aspecto agradable y Elias Aceval entra. Escucha correteos en el pasillo de arriba, la amenaza de un chico y la risa de otro que se pierde tras una puerta que se cierra. El hotel vuelve a quedar en silencio. Como no hay nadie en la recepción sube al primer piso por quejosos escalones. Hinchando a borbotones la pintura, las paredes muestran hongos de tamaño horroroso en unas alturas que seguramente no alcanzan las escobas. Dos baños que comparten diez habitaciones, son una argamasa de moho y herrumbre. Las puertas de madera y vidrio de principios de siglo veinte hacen notar que en realidad, todo aquello fue alguna vez la casa de una familia distinguida, abandonada y reformada sin ganas. Los vidrios son tapiados con telas para evitar que se vislumbre el interior y hay números negros de mala caligrafía.
El aire es frío. Elías decide irse con su bolso hacia otro lugar, baja y se encuentra con el encargado, este ni siquiera lo mira pero Elías se siente con la necesidad de hablarle antes de irse, como evitando así que cualquier sospecha caiga sobre él.
--Este hotel habrá sido alguna vez la casa de alguien importante ¿no?
El recepcionista no se molesta en contestarle, peor aún, ni siquiera se digna en mirar al que le habló. Elías ya realmente incómodo una vez más le pregunta, no sabe por qué, si hay habitaciones disponibles y el costo. El hombre le cuenta que hay una pero que solo cobra por adelantado, diez pesos por noche. La indiferencia y prepotencia del hombre al hablar hacen que Elías asienta con la cabeza y busque su dinero. Sospecha por debajo que aquello que está haciendo lo va a disgustar más tarde, que cuando ocurren situaciones parecidas siempre actúa de la misma forma.
Una vez que Elías firma y entrega el dinero por un par de días de alojamiento, el recepcionista le cuenta aun sin mirarlo.
-- Hace mucho, no sé cuanto… esto fue una vez un internado de monjas, por eso se llama Hotel Familiar San José.
El Internado de monjas San José del barrio de Retiro era el lugar en que Magdalena se había criado. Pero él ya no lo recordaba.
La habitación de Elías era como el resto del hotel, solo que había unas cortinas coloridas y un ropero moderno que contrarrestaba con el ambiente. También una mesa de luz y un hombre se asomaba por un cuadro de colores oscuros. La cama era pequeña y Elías se abandona en ella como si lo hubieran herido, la figura del cuadro le impresiona, piensa en la amarga cara del recepcionista.
El corazón blanco y seco como una mosca en la telaraña, se mueve solo por que el viento lo dice, ya no quiere nada, pero este hombre puede ser todavía algo más y no lo sospecha. Las casualidades, esa superstición en la que creen los hombres. La casualidad ya bien sabido por estas historias y por las historias de todos los hombres... no existe.
Elías completamente adormecido y sin recuerdos se deja atrapar por el mundo que muestran los vidrios oxidados, su vista reconoce apenas a una mujer, solo ella camina sobre la calle y sabe Elías que ella es especial para él. Como quien tiene una palabra en la punta de la lengua la imagen de aquella mujer proviene de otro lugar que no logra recordar. Escucha atentamente sus pasos, sospecha que aquellos podrían ser el pulso de su vida. La altura en que se encuentra le da cierta impunidad, mira su rostro fijamente hasta que se pierde y toda ella se aleja, como si su corazón todavía estuviese vivo y necesitase todavía algo de este mundo, comienza a latir fuertemente y Elías lo estudia como si no fuese su corazón, como si él fuese un medico y haya descubierto algo interesante en su paciente. Se ve con la necesidad de salir corriendo en busca de esa mujer, es algo muy fuerte que hace mucho tiempo no le ocurre y sorprendido se ve a su edad corriendo por el pasillo, luego por la escalera chillona. Un engranaje que recomienza otra vez una marcha fatigosa aunque implacable, Elías se avergüenza a la vez de tal arrebato aunque sigue corriendo como uno de esos chicos del edificio, avanza hasta la calle, se le ocurre murmurar algo de que llega tarde a una cita pero el recepcionista ni siquiera le presta atención.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 9)


Elías Aceval recuerda muy pocas cosas, se recuerda bañándose en un río torrentoso y que un gran dolor le rasguñaba el pecho, se recuerda agotado y rendido agarrándose de unas ramas que se sostenían desde una orilla. Como en uno de esos sueños donde el aire nos cierra en una trampa y nos quedamos inmóviles sin poder mover nuestro cuerpo tieso. En un momento escucha un hombre gritar y hacerle señas, sentía que si le contestaba, si respondía con un saludo y dejaba de sostener por un momento las ramas, el río se lo iba a llevar. El hombre corría y lo llamaba con el nombre de Borghi, al parecer lo conocía y le ofreció ya una vez cerca de la orilla una ayuda para salir. El hombre estaba nervioso, embarrado y con la ropa rota y ensangrentada, como si lo hubieran azotado o más bien como si lo hubieran rasguñado cientos de manos para impedirle el paso.
El hombre se nombró a sí mismo como Fierro y le contó una historia, una historia que hablaba de Elías Aceval huyendo de muy joven desde un pueblo hacia la capital, allí el vaga por un tiempo gracias al dinero que roba de sus padres antes de la fuga, luego con ese dinero también se hace de un nombre falso y encuentra trabajo como ayudante en la Editorial Perfil. El hombre llamado Fierro, le cuenta que Elías Aceval (ahora con el nombre falso de Mauricio Borghi) después de veinticinco años vuelve a ese pueblo en que nació. Le cuenta que recientemente ha matado a su padre y que debe entregarse a la justicia. Tanta información lo confunde, así de mareado se intenta vestir aun mojado y se pone en camino hacia algún lugar. El hombre le alcanza las llaves del auto y le dice que es suyo, que debe ir a la policía para salvar al correntino, ¿un correntino? Elías tiene mucho miedo y el otro hombre le contagia todo el nerviosismo. Maneja durante días sin nunca mirar hacia atrás en un auto que le parecía ajeno a pesar de ser suyo. Confundido y sin aire, solo un par de cosas conservaba de esa vida que se le había olvidado. Ese auto, ese hombre (¿amigo?) que se llama Fierro y al que ya había dejado muy atrás sin siquiera saludar, un bolso lleno de dinero, documentos, pasaportes, un libro y un facón muy grande y ensangrentado. Pero lo que más le sorprende no son todas esas cosas que lleva huyendo por caminos provinciales y rutas desiertas. Lo que le preocupa verdaderamente es algo que el olvido con sus aguas no pudo borrarle, es solo un nombre y un deseo intenso de encontrarlo, el nombre de Magdalena rebota dentro de una cabeza vacía.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 8 )


Los ojos estaban pegoteados, les costó abrirlos, los refregó con ambas manos y sospechó que era un error. Debía tener una infección o una suciedad enquistada. Se sienta en la cama y busca un espejo en la mesa de luz, estaba vacía, todos los cajones vacíos. Fue en ese momento en que Elías Aceval recuerda que había perdido su memoria, él no sabe exactamente como pierden la memoria los hombres pero sospecha que lo suyo es inusual.
Elías había despertado vacío, no sabe si perdió su memoria antes o después de abrir los ojos. No recuerda haber sufrido un golpe, revisa su cabeza para encontrar alguna herida o hematoma, no encuentra nada, ni siquiera un espejo. Sentado aún en la cama se contempla a sí mismo. No tiene memoria pero si conserva el pasado entre la células de su cuerpo. Tiene miedo y desconfianza a todo lo que pasa fuera de su habitación. Esto le hace descartar el ir a un médico, a un vecino, en pedir ayuda. Revisa los muebles de su habitación, están todos vacios, sus ojos están pegoteados aun, camina hacia el lavabo y se limpia a ciegas. Se le ocurre en ese acto obstruir el desagüe y ver su cara reflejada en el agua como los hombres antiguos, no resulta. Acude a los vidrios de la ventana y logra verse a penas, al hacerlo parece recordar su imagen. Eso lo consuela, recuerda su rostro, le es familiar, ve también un derrame escarlata en un ojo, no le duele pero está completamente rojo.
Hay un bolso negro debajo de la cama, en el lado izquierdo, al abrirlo encuentra ropa prolijamente acomodada, (se recuerda entonces prolijo) un libro de León Tolstoi (recuerda entonces la cara de Tolstoi) encuentra muchas bolsas de nylon, algunas con cubiertos, otras con medicamentos, otras con un par de zapatos, otra con muchos billetes de pesos argentinos, dólares y libras esterlinas, coloca todo como estaba, no recuerda nada de todo ese dinero.
Corre un poco la cortina de su habitación, está en el segundo piso de un hospedaje, como una pensión para personas solas, sospecha, todas las habitaciones son pequeñas con puertas de color bordo. Su habitación da a un balcón que sirve de pasillo hasta una cocina, escucha unos desconocidos conversando mientras preparan algo de comer. Se da cuenta, incomodo, de que todos en el mundo serán desconocidos para él, también siente como todos esos aromas de la cocina lo atraviesan voraz, como si no hubiera comido hace varios días.
Elías Aceval agarra su bolso y sale sigilosamente de su habitación, baja unas escaleras y cruza un patio de numerosas plantas, macetas sin nada y ropa colgada que lo van escondiendo para desaparecer de ese lugar.
Toma colectivos, come en pizzerías y cafés. Duerme en una terminal de trenes. A la mañana camina en círculos por la estación y escucha por ahí que es el barrio de Retiro.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 7)


El cielo nos miente un presente, aquella noche que precedió a la separación nos enteramos casualmente que muchas de las estrellas de la noche ya han muerto, solo recibimos su presencia. Es un mensaje que aun viaja por el infinito y nosotras podemos advertirlo. El cielo nos miente un presente todas las noches, miramos la luz de estrellas que ya no están. ¿Qué alusión hay más acertada que esta a nuestra condición de espectro?... Pero la pregunta sería, como en aquellas estrellas ¿Qué mensaje tendremos que dar aun?
Su tesoro escondido entre la funda y la almohada, un ritual y una danza frente al espejo que antecede al aquelarre. El vestido negro le quedaba perfecto, como a mamá. Aquel sábado Ana durmió con aquel vestido e inéditamente se levantó con la salida del sol.
Sudar del alba que espasma la corteza de los árboles y cansa el pasto. Nuestras gargantas que no son, juegan a las aves para despistar a la peregrina de la mano guía, pero de nada sirve, pues ella sigue a la mejor de las aves. Marcela viene por primera vez a nuestro bosque de acacias invitada irresponsablemente por Ana.
De noche las espinas son invisibles y fatales, en cambio la mañana las muestra como así también a aquellos hilos pegajosos que lanzan las arañas entre las ramas. Pero la humedad aquella vez levantó una neblina impenetrable. De todas formas Ana es bienvenida en todos lados, tiene el arroz en su pulgar y nada le podía pasar a Marcela mientras mantuviera su mano en la de Ana. Las chicas estaban ansiosas por separar esas manos y sobre esa mañana la acosaron hasta el espanto. Violeta le mostró a la joven intrusa su rostro que no era, sopló en su cara un aliento que no era, susurró un odio a su oído con una voz que nunca fue.
Marcela no debió correr por ese lugar, por más que el terror la atravesara enloquecida; no debió correr de la mano de Ana entre el bosque de acacias negras, Jamás debió separarse de ella sobre la neblina. Las ramas la destrozaron, perdió la vista de un ojo, la mirada toda, zurcos con sangre en la cara y en los brazos. Perdió mucho llanto y perdió la cordura.
Desde esa mañana, Ana nunca más vio a su primer y única amiga llamada Marcela y nunca más volvió a tener amigos. Tampoco nos volvió a perdonar por lo que le hicimos. De todas maneras ya no nos importaba; a diferencia nuestra, Ana y las acacias crecían, se hacían cada vez más cadáver, distantes, nos hacían sentir cada vez más seguido nuestra transparencia. Se agotaban como hojas secas, se desvanecían como estrellas.
A los dos días de la tragedia, Marcela volvió con su padre a Buenos Aires. Salvo eso nada más supimos de la intrusa. En cambio de nuestra hermana Ana, después de aquel incidente, su claustro fue inquebrantable por dos años. Aun así, nos logramos filtrar en aquella intimidad como en el interior de una crisálida madura. Notamos que Ana se había convertido en una mujer aun más hermosa de lo que había sido mamá y que en su piel tan blanca, como solo pueden tenerla los aparecidos, estaba cubierta todavía por el bordado de aquel nombre. Así es que nos decidimos ayudarla, no para redimirnos porque eso era imposible por nuestra condición, sino por no poder hacer otra cosa. Ana, nuestra hermana, ya era para nosotras una estrella que se nos iba muriendo poco a poco llenando con su frío todos nuestros días. Una noche sin concebirlo siquiera, nos deslizamos impulsivamente por la casa para abrir el candado de su puerta. Ni siquiera se dispuso a regalarnos una última mirada de despedida, tal vez no quiso perdonarnos, tal vez ya no podía vernos más.
Se escapó a esa ciudad llamada Buenos Aires para buscar a Marcela, al parecer nunca la encontró. Nos enteramos por la voz de las tías que allá fue prostituta como mamá, eso era algo que una vez nos preguntamos juntas, pero ahora ya tampoco nos importa. Nos duele el tiempo y eso nadie lo comprende, ni Ana ya lo comprende.
El vestido negro fue a parar donde duermen los perros, con las secuelas irreparables que ello implica: grasa de hueso, desteñido por el sol, terrible tufo y esos pequeños puntos de ausencia por las uñas de las bestias que desgarran y desgarran.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3- Parte 6)


Por suerte a nosotras mamá no nos arrojó en el baño. Dejó de hacerlo en el baño porque tía Julia y tía Marta lo vieron en el pozo negro y le dijeron a la abuela. Así es que a nosotras comenzó a dejarnos por la noche dentro del monte, siempre con la ayuda de la curandera que mandaba Don Aceval. Hasta que llegó un día en que Don Aceval viajó a la Capital y mamá decidió ya no hacerlo y entonces engordó mucho, y vino Ana como un bebé quejoso en los brazos de la curandera. Entonces a mamá ya no la vimos más, escuchamos que ella murió en el parto. La vida y la muerte; también niñas hermanas que rozan levemente sus manos en ese dar y quitar. Hasta ese entonces ninguna de nosotras sabíamos lo que era nacer, tampoco morir por carecer de lo primero.
Comenzamos a ser más atentas a este tipo de cosas que ocurrían alrededor y que los grandes no nos decían.
En aquellas noches extrañas se solía sorprender a una de mis hermanas llorando, sorprendía aquel olor a mar en el aire, aquel olor a tierra húmeda; pues el olor a tristeza es distinto al de extrañar. Éramos muy jóvenes para saber que esa estrella ya no volvería a abrirse y que nunca más escucharíamos su voz.
Se nos hizo habitual llorar en las noches, cuando nos agarraba así el miedo, descansábamos todas juntas en mi árbol. Seis en una acacia, ya las que quedaban en los bordes se quejaban de estar más expuestas al monstruo, de cara a ese devorador, de espaldas al que construye en frío y oscuridad. Las desafortunadas de los bordes no podían descansar por el espanto, así que pasado algún tiempo teníamos que cambiar de lugar. Ninguna, al final de la noche había podido descansar bien.
Tres años después de haber hablado con Doña Rosa ya se tenía bien en claro la vida y muerte de nuestra mamá, se tenía en claro que somos hijas de Alberto Aceval. Ana era la única que había nacido y la única que nunca lo había visto. Mejor así, ese hombre es la muerte.
Por algún tiempo Ana comenzó a mirar de manera esquiva. Tía Marta le regaló un ramo de rosas que cortó del jardín de doña Esther y le dijo que ya era una señorita. Por la tarde nos dijo con voz de importante que no iba a salir a jugar por que le dolían los ovarios. No entendimos lo que era eso, al parecer ella tampoco entendía mucho y no tenía muchos síntomas de dolor, sólo denotaba cierto placer al pronunciar la palabra “ovario”, un placer de sentirse importante al sentir un dolor sobre algo que sólo ella tenía.
Ana cambió su manera de ser después de aquel ramo de rosas, más que nada; el cambio se empezó a gestar apenas le regalaron el vestido de mamá. Se la veía por las noches correr hacia el monte de acacias y bailar en el claro que permitía la luna. La primera en verla fue la Chicha y estaba muy divertida, todas se reían de ella sin mostrársele, yo también reí pero luego la alegría se convirtió en miedo. Ya nunca pude olvidar esa imagen, ya siempre asemejándola como el primer estigma de la tragedia. El rostro feliz de Ana, blanco como la luna, su cabello claro como las hojas amarillas que se sueltan de las acacias, su mirada esquiva, sus pies desnudos en la crujiente hierba, su locura y su vestido. Ana cambiaba de cuerpo como la serpiente abandona su piel; casi sin notarlo, adoptaba un cuerpo nuevo y nos lo negaba indiferente. Su pecho comenzaba a inflamarse, sus piernas se hacían largas y se maduraban también en sus caderas, cada cuerpo que adoptaba nos hacía más distantes, ya no gustaba hablarnos, ya no quería jugar con nosotras, ya ni nos peleábamos, ni siquiera nos lograba ver con nitidez y solía traspasarnos en descuido como tía Marta y tía Julia lo hacían. Con el tiempo las chicas ya no se divertían con burlarse de Ana, la dejaban bailar y solo venían a descansar a mi árbol.
Ana volvió a cursar en la escuela dos años después, pero no nos invitó. En cambio llevaba aquel vestido negro debajo del delantal. Sólo hablaba con él y con Marcela, una chica nueva de lo más extravagante que llegó de la Capital. Con un gusto de lo más extraño, ella la invitaba a pasar las tardes en el cementerio para imaginar las manos que allí descansan, pero no era aquel cementerio maldito que habíamos descubierto nosotras en el centro del monte… No… Este era un cementerio municipal. Nosotras no tenemos permitido pisar aquellos lugares ya que no nacimos, pero Ana igual nos lo llegó a describir de mala gana como un lugar vulgar y perezoso en contar historias. Este cementerio nuevo está situado cerca del pueblo de Constancia, con el nauseabundo olor de las flores muertas sobre el agua estancada, pintado y repintado con cal hasta el hartazgo. Rodeando todos los caminos están las hileras de álamos domesticados que muestran sus ramas nudosas como alas atrofiadas por la miserable poda anual.
En ese lugar pasaron ambas las tardes entre la intimidad de los pasillos y la mirada reservada de los muertos. Era el lugar perfecto para sus silenciosas charlas en la timidez de la última niñez.
Luego aquello les pareció poco a esas dos nuevas amigas y quisieron devorar todo el tiempo juntas. Comenzaron a escaparse por las noches para perderse entre las calles del pueblo y a fumar tabaco con una pipa de caña que nosotras habíamos fabricado con Ana. Nos sentimos traicionadas, eso nos llenó de una indignación terrible con olor a musgo y por ese motivo dejamos de hablarle a Ana por algún tiempo.
Nosotras siete tuvimos siempre la mirada desnuda, pero ella ahora ya no la tiene, se le ha cubierto como a todos. Entre los inmensos montes de acacia que desbordan a Constancia, en una pequeña y vieja casa de madera, Ana tuvo siempre la mirada a la intemperie hasta que conoció a esa tal Marcela. Eso la hizo ya diferente a nosotras más que el hecho de nacer. Ella la cubrió, le regaló otro párpado más persistente que terminó cegándola. Su cara y su nombre lo tenía Ana bordado dentro de sus párpados y así es que nos empezó a hacer trampa mientras le hablábamos, nos dimos cuenta de su truco: los cerraba para imaginar sucesos con ella. Luego sus pies se bordaron también con su nombre y entonces comenzó a usar unos zapatos negros todo el día para que nadie lo notase, ya con aquel nombre bordado en sus pies no tenía otra opción que huir enloquecida para dar a su encuentro. Entonces tía Julia le gritó furiosa que aquella amistad no era buena, le hizo prometer no ver ya mas a esa chica. Por las dudas comenzó a encerrarla y los cinturonazos, cada vez mas desalmados, comenzaron a marcar las piernas de Ana. Pero a la larga todo fue inútil, porque sus piernas y toda su piel habían comenzado a bordarse con el nombre de aquella amistad. Ya nada le dolía. Sus manos también estuvieron bordadas, su pelo se trenzó con su nombre, sus brazos, su cara, toda ella estaba bordada, ya no podía disimularlo más y llegó el momento en que al vestido negro de mamá se le bordó también ese maldito nombre… eso nos llenó profundamente de rabia, odiamos el nombre de aquella usurpadora y el aire del bosque se empezó a llenar de un olor parecido a la carroña.
Recién por la última de las noches en que vimos a Ana, ella invitó a su amiga a su bosque de acacias, quizás para tirarse en el suelo crujiente de su claro y hablar de cielos como hacía con nosotras. Ella no debió olvidar nunca que su claro las recibiría como un jardín profano recibe a su sacerdotisa y a su ofrenda

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3- Parte 5)


Por supuesto que Ana no volvió a esa escuela desde aquel recreo de cuarto grado, nunca fue a pedir disculpas con tía Julia, más bien nos enteramos que tía Julia y tía Marta fueron a seguir insultando a las maestras, a Eva sobre todo.
Nosotras, después de todo no extrañamos tanto la escuela, Ana ya nos lo había predicho, ella siempre odió la escuela y en estas súper vacaciones solía despertarse al mediodía con una sonrisa gloriosa y la cara hinchada de desbordado sueño.
Pata trasera erguida y orejas expectantes al ruido que hacían mis hermanas, el gato Rubén se ensalivaba el lomo. Tía Marta, mate en mano, sentada en el umbral de la casa, también parecía contemplarnos con sus orejas, su mirada era grande y vacía en un punto fijo mientras aspiraba del mate. Recién bañada, con su vestido amarillo; solía vigilarnos por las tardes mientras jugábamos al submarino “nautilos” entre los pastizales del fondo. Este juego era nuevo y emocionante, aunque esa tarde nuestro verdadero fin era otro.
Ana era la nefasta ballena de mares profundos, corría encorvada y disimulada entre la sequedad del pasto que creció todo lo que pudo para enfrentar al otoño, los cardos solían ser gigantescos allá por el fondo, las espigas se clavaban como lanzas de duendes entre las ropas y las vizcacheras disimuladas en la maleza atrapaban el paso y lo doblaban, eso hacia estallar un grito aquí y un grito allá como un verdadero campo minado.
De vez en cuando en una euforia repentina, tía Marta nos advertía que nos íbamos a romper un pie, que fuéramos a jugar más cerca de la casa, pero como suele hacer ella, nos hacíamos como que no escuchábamos.
–Dale que está en las nubes otra vez –susurré a las chicas como alarma para el escape.
–¡Esperá, esperá! –La Chicha gritaba exageradamente simulando una persecución encarnizada, pero nadie más que ella estaba en los pastizales, todas nosotras ya cruzábamos el alambrado hacia lo de Doña Rosa. Corríamos como gacelas por el cultivo entre la alarma vigilante de los teros. La Chicha nos alcanzaría ya más tarde cuando el escape estuviera asegurado. Nunca supimos bien si tremenda estrategia sirvió alguna vez de algo. Siempre ocurría que tía Marta visitaba verdaderamente las nubes cuando alguien le ponía un mate en la mano.
Doña Rosa nos odiaba abiertamente; por lo que nos mantuvimos afuera, alertas, en la ventana. Ya se estaba haciendo de noche y Ana golpeaba la madera curtida que hacía de puerta.
–¿Doña Rosa, qué es prostituta? –Ana fue directo al grano.
–¿Y para qué querés saber eso vos? –Doña Rosa preparaba algo de comer a Ana y por supuesto algo para ella.
–Es importante –contesta Ana clavándole una mirada oscura y exigente.
–Prostituta… –pronunció largamente Doña Rosa; quizás adivinando las intenciones de Ana, recordando la amistad que alguna vez la unió a su madre
– Yo conocí una vez a un persona que todos acá en el pueblo la llamaron prostituta, fue la persona que mas quise, mi amiga del alma desde la niñez y que no sabes cuánto extraño...
Doña Rosa comenzó a limpiarse unas lágrimas que nunca salieron y siguió contestándole a Ana.
- A esa persona le decían prostituta solo por que el dueño de la estancia de Villa Hayes abusó de ella siempre y cuando quiso, a cambio y a la fuerza le otorgó a su familia una casa, dinero y algo de protección. Así de injusto a ella la trataron siempre como una prostituta solo porque Mercedes, la esposa de aquel desalmado hombre de la estancia lo quiso, y se aseguró con todas las fuerzas que le daban sus días de que todas las otras mujeres del pueblo la evitaran y la juzgaran también. Así pudo ocultar su humillación humillando al otro. Se encargó con rabia y furia de que aquella joven sufriera un desprecio y una humillación que nunca buscó. Logró Mercedes que la joven fuera despreciada aun por su misma familia y por una iglesia que ya no le permitió la entrada, y luego... luego la tragedia. Alberto Aceval vivió entonces con los escándalos que le hacia su esposa Mercedes, que le recriminaban entre otras cosas la muerte de una hija y la fuga sobre una noche de su otro hijo. Solo una cosa calmó a esa cruel mujer despechada que como la maldita Salome pidió una cabeza más al rey Herodes: Jamás por nada del mundo él debía tener un hijo con ella.
Su esposo Alberto Aceval de conocido carácter no pudo sin embargo resolver la rabia de su esposa. Para calmar esos ataques el cedió a algo que nunca había hecho desde la muerte de su enemigo Atalaya. Don Alberto volvió a hacer un juramento.
Se comprometió ante su esposa Mercedes y ante dios que él nunca le daría un hijo a aquella jovencita. Sin embargo con los años, no hizo otra cosa que dejarla embarazada y así la obligó resuelto y con violencia a abortar a cuanto niño él le hacía. El juramento impronunciable que Don Aceval le había jurado a su esposa lo cumplió a rajatabla. El se sabía un hombre de palabra y así arrastro a mi amiga hasta la curandera una y otra vez para matar a cada uno de sus hijos. Todos en Constancia sabían esto, la curandera no era una persona que guardara nunca un secreto... salvo uno. Salvo el secreto de un parto y la agonía en la privacidad del monte.
Doña Rosa terminaba temblando su relato y abrazaba fuerte a nuestra hermana, esta vez sí lloraba con una fuerza incontenible. Nosotras mientras tanto nos detuvimos a observar curiosas, esas aguas que sacan los encarnados por sus ojos.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3- Parte 4)


Ana estaba soñando que iba caminando por el monte, Antes de que ella sintiera ese dolor profundo en la planta del pie estaba pensando qué le diría a sus hermanas. La espina nunca la había tocado hasta ese entonces y la obligó a sentarse en el sendero para inspeccionar la nueva herida, saber si de alguna forma algo de la espina había logrado colarse dentro del pie.
Seis niñas vestidas de luto viven donde los difuntos, velan sus cuerpos que no son y que nunca han sido. Seis niñas de luto y una vestida de carne y sangre viva que observa la procesión ignorada. Las seis niñas de blanco visitan sus propios no cuerpos y la otra aún no lo comprende. Suelo crujiente sobre bosque negro, laberinto con alma que desprecia al intruso, niñas de pies desnudos lo recorren en las noches en busca de un árbol que les dé sombra y amparo, por las noches los árboles despiertan y sus vestidos llevan también su luto
< ¡Ten cuidado!> Le advierten las niñas de luto < ¡Ten cuidado de sus espinas!>
Ana Neri , dentro de ese mismo sueño recuerda a este otro. Lo recuerda claramente y recuerda que ya lo ha recordado varias veces pero que sólo dentro de otro sueño puede hacerlo. De todas formas presiente en su corazón que aquel sueño constante la previene de algo mucho más terrible que de una espina dentro del pie… Justo estaba la niña en estos pensamientos dentro del sueño cuando la despiertan violentamente y lo olvida todo otra vez.
Ana tuvo una mala noche y el sueño la visitó unas horas antes del alba, la Chicha le desparramaba el pelo en la cara, Susana tironeaba de su brazo hasta sacarla de la cama.
– ¡Dejáme! –exclamó Ana molesta y adormecida.
–Otra vez por tu culpa vamos a llegar tarde –recordó Violeta gruñona.
– ¡Ana! –La voz alterada de tía Marta, se escuchaba ahora desde la cocina.
Ana finalmente se desplazó hasta el baño y dio un portazo a las insistencias de Susana para que se apurara.
Aquello que hicieron esa mañana fue demasiado. En la escuela las chicas también se mandaban de las suyas, pero esa mañana fue la última; no teníamos la culpa de que siempre la atraparan a Ana, era muy gracioso verla en penitencia debajo de la campana, no podíamos evitar el hacerle burla a su humillación, entonces tan sólo era cuestión de minutos para que se desencadenara la tragedia escolar. Las maestras no tan molestas por lo que les hicimos como por las amenazas y los insultos de Ana, se acercaron entonces para amonestarla. La rabia de Ana no disminuía como una tormenta no disminuye por las amenazas de los hombres, algún intento perdido de aferrarse a mi cabellera, o la de Susana, o cualquiera que estuviera a su alcance y por alguna razón incomprensible las maestras desbordadas se adueñaban de esos insultos y de alguna que otra escupida. Eso significaba una carta más a nuestras tías o una firma en el cuaderno de disciplina.
Aquel cuaderno ya estaba agotado con la firma de Ana y por sorpresa ocurrió que la expulsaron directamente de la escuela. Aquel era el único colegio de Constancia al que podíamos ir, el otro colegio se encontraba allá lejos en el medio del pueblo.
Lo que había pasado era una verdadera desgracia para Ana, que no podía por más que lo pensara, encontrarle una solución a semejante problema. Eva, la maestra del año pasado no pudo aguantarse todo el disgusto acumulado, entre el forcejeo y los insultos en el patio dijo casi gritando que nuestra mamá era una prostituta y que no le asombraba que Ana fuera así. Quizás más por una intuición que por descifrar el significado de aquella ofensa, Ana la mandó a la mierda.
Prostituta. No sabíamos lo que era eso y corrimos a preguntarle a tía Marta, pero una vez más se hizo la ocupada.
Ana llegó una hora más tarde, anduvo triste con las acacias.
La lluvia que amenazó toda la mañana se dio a conocer solo como una tranquila garúa. Acostada miró Ana esa lluvia cayendo sobre sí, sobre todo, tranquila. Sus ojos entreabiertos apenas, para que sus pestañas no dejaran pasar alguna ajena humedad que borroneara esa angustiada visión.
Sus manos se entrecruzaron en su pecho apenas despierto, su cabello estaba suelto y desparramado; Amarillo como el trigo sobre el verde trébol; húmedo y fragante. No podía encontrar la manera para contarles a sus tías lo que había pasado. De todas formas, Tranquila y triste jugó a estarse muerta sobre el claro que regalaba su bosque de acacias negras.
–Me echaron de la escuela –dijo segundos después de entrar a la casa.
– ¿Ah? –preguntó tía Marta aunque era evidente que la había escuchado. Ana guardó silencio, tía Marta también, cualquier amonestación bien la podría hacer tía Julia y continuó colocando los platos sobre la mesa.
– ¿Por qué llegaste tan tarde? Estás toda empapada—esta vez Ana fue quien no contestó y se dejó sacudir violentamente bajo la toalla que trajo tía Marta.
– ¿Qué es una prostituta? –Ana se trabó como en un trabalenguas.
– ¿Ah? –Autómata tía Marta siempre respondía así, haciéndose la desentendida a lo que no quería escuchar, Ana no volvió a preguntar, comenzó a desabrocharse el guardapolvo sabiendo la importancia de ese último ritual. Cuando tía Julia entró en la cocina, abrió la heladera y puso la jarra con agua fría sobre la mesa. Tía Marta se lo dijo en un susurro, Ana sentía que una mirada la hundía en el asiento, la aplastaba.
– ¿Que te echaron? –La ira de tía Julia iba a la carga– ¡Sos estúpida vos!
–No sé, dicen que yo las putié, pero… –Ana exclamaba su descargo mirando el borde del mantel.
– ¡Dicen nada! Mañana vamos al colegio y les pedís perdón a todas ¡¿Me escuchaste?!
–Ana asintió con la cabeza y después de un breve silencio, de un habitual “¿Qué mierda te creés mocosa?” de tía Julia, se disparó otra vez la pregunta:
– ¿Qué es prostituta?
– ¿De dónde sacaste eso vos? –Preguntó ahora tía Marta queriendo imitar el tono de regaño que hacía su hermana.
–Eva dijo que mamá era una prostituta –Ana irradiaba curiosidad y pánico por todos los poros de su piel y por sus ojos grandes y amarillos. Tía Julia y tía Marta cruzaron dos miradas distintas, aunque conocedoras del problema. De manera poco usual el almuerzo fue en silencio y en completo orden, sólo en un momento a la Chicha se le cayó la sal en la mesa y la intentó comer toda con el índice para que no la retaran.

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