Ana estaba soñando que iba caminando por el monte, Antes de que ella sintiera ese dolor profundo en la planta del pie estaba pensando qué le diría a sus hermanas. La espina nunca la había tocado hasta ese entonces y la obligó a sentarse en el sendero para inspeccionar la nueva herida, saber si de alguna forma algo de la espina había logrado colarse dentro del pie.
Seis niñas vestidas de luto viven donde los difuntos, velan sus cuerpos que no son y que nunca han sido. Seis niñas de luto y una vestida de carne y sangre viva que observa la procesión ignorada. Las seis niñas de blanco visitan sus propios no cuerpos y la otra aún no lo comprende. Suelo crujiente sobre bosque negro, laberinto con alma que desprecia al intruso, niñas de pies desnudos lo recorren en las noches en busca de un árbol que les dé sombra y amparo, por las noches los árboles despiertan y sus vestidos llevan también su luto
Seis niñas vestidas de luto viven donde los difuntos, velan sus cuerpos que no son y que nunca han sido. Seis niñas de luto y una vestida de carne y sangre viva que observa la procesión ignorada. Las seis niñas de blanco visitan sus propios no cuerpos y la otra aún no lo comprende. Suelo crujiente sobre bosque negro, laberinto con alma que desprecia al intruso, niñas de pies desnudos lo recorren en las noches en busca de un árbol que les dé sombra y amparo, por las noches los árboles despiertan y sus vestidos llevan también su luto
< ¡Ten cuidado!> Le advierten las niñas de luto < ¡Ten cuidado de sus espinas!>
Ana Neri , dentro de ese mismo sueño recuerda a este otro. Lo recuerda claramente y recuerda que ya lo ha recordado varias veces pero que sólo dentro de otro sueño puede hacerlo. De todas formas presiente en su corazón que aquel sueño constante la previene de algo mucho más terrible que de una espina dentro del pie… Justo estaba la niña en estos pensamientos dentro del sueño cuando la despiertan violentamente y lo olvida todo otra vez.
Ana tuvo una mala noche y el sueño la visitó unas horas antes del alba, la Chicha le desparramaba el pelo en la cara, Susana tironeaba de su brazo hasta sacarla de la cama.
– ¡Dejáme! –exclamó Ana molesta y adormecida.
–Otra vez por tu culpa vamos a llegar tarde –recordó Violeta gruñona.
– ¡Ana! –La voz alterada de tía Marta, se escuchaba ahora desde la cocina.
Ana finalmente se desplazó hasta el baño y dio un portazo a las insistencias de Susana para que se apurara.
Aquello que hicieron esa mañana fue demasiado. En la escuela las chicas también se mandaban de las suyas, pero esa mañana fue la última; no teníamos la culpa de que siempre la atraparan a Ana, era muy gracioso verla en penitencia debajo de la campana, no podíamos evitar el hacerle burla a su humillación, entonces tan sólo era cuestión de minutos para que se desencadenara la tragedia escolar. Las maestras no tan molestas por lo que les hicimos como por las amenazas y los insultos de Ana, se acercaron entonces para amonestarla. La rabia de Ana no disminuía como una tormenta no disminuye por las amenazas de los hombres, algún intento perdido de aferrarse a mi cabellera, o la de Susana, o cualquiera que estuviera a su alcance y por alguna razón incomprensible las maestras desbordadas se adueñaban de esos insultos y de alguna que otra escupida. Eso significaba una carta más a nuestras tías o una firma en el cuaderno de disciplina.
Aquel cuaderno ya estaba agotado con la firma de Ana y por sorpresa ocurrió que la expulsaron directamente de la escuela. Aquel era el único colegio de Constancia al que podíamos ir, el otro colegio se encontraba allá lejos en el medio del pueblo.
Lo que había pasado era una verdadera desgracia para Ana, que no podía por más que lo pensara, encontrarle una solución a semejante problema. Eva, la maestra del año pasado no pudo aguantarse todo el disgusto acumulado, entre el forcejeo y los insultos en el patio dijo casi gritando que nuestra mamá era una prostituta y que no le asombraba que Ana fuera así. Quizás más por una intuición que por descifrar el significado de aquella ofensa, Ana la mandó a la mierda.
Prostituta. No sabíamos lo que era eso y corrimos a preguntarle a tía Marta, pero una vez más se hizo la ocupada.
Aquel cuaderno ya estaba agotado con la firma de Ana y por sorpresa ocurrió que la expulsaron directamente de la escuela. Aquel era el único colegio de Constancia al que podíamos ir, el otro colegio se encontraba allá lejos en el medio del pueblo.
Lo que había pasado era una verdadera desgracia para Ana, que no podía por más que lo pensara, encontrarle una solución a semejante problema. Eva, la maestra del año pasado no pudo aguantarse todo el disgusto acumulado, entre el forcejeo y los insultos en el patio dijo casi gritando que nuestra mamá era una prostituta y que no le asombraba que Ana fuera así. Quizás más por una intuición que por descifrar el significado de aquella ofensa, Ana la mandó a la mierda.
Prostituta. No sabíamos lo que era eso y corrimos a preguntarle a tía Marta, pero una vez más se hizo la ocupada.
Ana llegó una hora más tarde, anduvo triste con las acacias.
La lluvia que amenazó toda la mañana se dio a conocer solo como una tranquila garúa. Acostada miró Ana esa lluvia cayendo sobre sí, sobre todo, tranquila. Sus ojos entreabiertos apenas, para que sus pestañas no dejaran pasar alguna ajena humedad que borroneara esa angustiada visión.
Sus manos se entrecruzaron en su pecho apenas despierto, su cabello estaba suelto y desparramado; Amarillo como el trigo sobre el verde trébol; húmedo y fragante. No podía encontrar la manera para contarles a sus tías lo que había pasado. De todas formas, Tranquila y triste jugó a estarse muerta sobre el claro que regalaba su bosque de acacias negras.
La lluvia que amenazó toda la mañana se dio a conocer solo como una tranquila garúa. Acostada miró Ana esa lluvia cayendo sobre sí, sobre todo, tranquila. Sus ojos entreabiertos apenas, para que sus pestañas no dejaran pasar alguna ajena humedad que borroneara esa angustiada visión.
Sus manos se entrecruzaron en su pecho apenas despierto, su cabello estaba suelto y desparramado; Amarillo como el trigo sobre el verde trébol; húmedo y fragante. No podía encontrar la manera para contarles a sus tías lo que había pasado. De todas formas, Tranquila y triste jugó a estarse muerta sobre el claro que regalaba su bosque de acacias negras.
–Me echaron de la escuela –dijo segundos después de entrar a la casa.
– ¿Ah? –preguntó tía Marta aunque era evidente que la había escuchado. Ana guardó silencio, tía Marta también, cualquier amonestación bien la podría hacer tía Julia y continuó colocando los platos sobre la mesa.
– ¿Por qué llegaste tan tarde? Estás toda empapada—esta vez Ana fue quien no contestó y se dejó sacudir violentamente bajo la toalla que trajo tía Marta.
– ¿Qué es una prostituta? –Ana se trabó como en un trabalenguas.
– ¿Ah? –Autómata tía Marta siempre respondía así, haciéndose la desentendida a lo que no quería escuchar, Ana no volvió a preguntar, comenzó a desabrocharse el guardapolvo sabiendo la importancia de ese último ritual. Cuando tía Julia entró en la cocina, abrió la heladera y puso la jarra con agua fría sobre la mesa. Tía Marta se lo dijo en un susurro, Ana sentía que una mirada la hundía en el asiento, la aplastaba.
– ¿Que te echaron? –La ira de tía Julia iba a la carga– ¡Sos estúpida vos!
–No sé, dicen que yo las putié, pero… –Ana exclamaba su descargo mirando el borde del mantel.
– ¡Dicen nada! Mañana vamos al colegio y les pedís perdón a todas ¡¿Me escuchaste?!
–Ana asintió con la cabeza y después de un breve silencio, de un habitual “¿Qué mierda te creés mocosa?” de tía Julia, se disparó otra vez la pregunta:
– ¿Qué es prostituta?
– ¿Qué es prostituta?
– ¿De dónde sacaste eso vos? –Preguntó ahora tía Marta queriendo imitar el tono de regaño que hacía su hermana.
–Eva dijo que mamá era una prostituta –Ana irradiaba curiosidad y pánico por todos los poros de su piel y por sus ojos grandes y amarillos. Tía Julia y tía Marta cruzaron dos miradas distintas, aunque conocedoras del problema. De manera poco usual el almuerzo fue en silencio y en completo orden, sólo en un momento a la Chicha se le cayó la sal en la mesa y la intentó comer toda con el índice para que no la retaran.

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