La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 14)


El taxi se detiene en una esquina de la Avenida Libertador, Elías baja y éste arranca curiosamente sin cobrarle nada. Ya se está haciendo de noche y comienza a caminar hasta un caserón de paredes altas que abarcaban media manzana. Cubierto entero por una prolija enredadera, busca y encuentra la numeración dorada sobre la puerta, Elías Aceval estaba en frente de aquello que decía la carta: “Maure 1805” Toca un timbre gigante y espera, al contrario de toda esa enorme casa una mujer pequeña con traje de mucama y abatida por la edad sale a recibirlo, extrañamente es ella quien se presenta.
- Cuanto tiempo Borghi, ya lo hacía muerto. (Borghi ese nombre le parecía ahora ajeno y lejano)
- Discúlpeme, no recuerdo su nombre.
- Clara. Mi nombre es Clara Martinez
La vieja ama de llaves realmente parece conocerlo y parece reprocharle a Elías el hecho de no estarse muerto. Todo pareciese ya una conspiración enorme que todos conocen al detalle menos él.
Elías recuerda también que el nombre de aquella vieja amade llaves y la dirección de aquella casa ya se los había escuchado a aquella mujer que le regalo su nombre entre los asientos de una iglesia ¿A quiénes se refería la vieja cuando habla de que estaban esperándolo? ¿Ella y quien más? Muchas preguntas acosan a Elías pero de todas maneras cualquiera de estos sobresaltos no pueden replegar por mucho tiempo a su carácter de divinidad apática, observador tranquilo, como si lo hubiese experimentado todo en este mundo, hasta la misma muerte, Elías se mantiene sereno tratando de filtrar un poco más el interior de la casa, buscándola en ella aunque sea como una voz.
La anciana pequeña, delgada y con graves síntomas de nerviosismo lo hace pasar a la sala, comienza a decirle que el empresario Rafael no viene hasta la semana entrante, Elías le pregunta impaciente.
- Vengo a buscar a Ana, se ha olvidado su bolso en la iglesia.
-¿Qué iglesia? ¡Quién es Ana!
La vieja al borde de morir de nervios le vuelve a preguntar por otro nombre.
- ¿Que es de María Gabriela, a donde es que usted la ha ocultado? Su padre desesperado hace años que la está buscando.
Elías le intentaría explicar que no conoce a nadie con el nombre de María Gabriela, que perdió la memoria hace unos meses atrás en las aguas de un rio maldito. Pero es todo muy complicado y solo se detiene a observar algunos de los cuadros que llenaban las paredes, los notó sin mucha técnica, pueriles y con motivos muertos. Imaginó esta vez a la mujer que le regaló un nombre entre las bancas de la iglesia, pintándolos en su adolescencia bajo la luz de un otoño como este, incentivada bajo los elogios del empresario y las exclamaciones de falsa impresión de la mucama nerviosa. Es esta misma mucama que lo mira desconcertada y corre a la puerta sin que nadie llame a ella, la abre violentamente y lo invita a salir a grito tendido.
Elías la mira sin poder creer lo que pasaba y aprovecha en su inesperada retirada a descifrar el otro apellido de la mujer con rostro de mármol sobre las telas pintadas: María Gabriela Zicavo. La mucama le grita imbécil y Elías al fin sale humillado y conmocionado por el segundo nombre que le fue entregado. Esa casa y esos cuadros no eran de Ana Neri sino de otra mujer, la mujer que nombraba la vieja ama de llaves a cada rato. "María Gabriela Zicavo" repetía como saboreándolo, luego lo unía al otro, lo combinaba, lo deleitaba una y otra vez. Tenía la certeza entonces de que conocía ese nombre y lo había olvidado por las aguas terribles del Leteo en su Constancia natal. No podía resistir el pensar que ella había pintado esos cuadros para darle otro mensaje. Era evidente que la mujer que le había regalado un nombre entre las bancas de la iglesia lo había vuelto a hacer. Pinturas que lo buscaban desde el acto preciso en que ella grababa el mensaje bajo su mano de mármol. El segundo nombre y la completa forma de su alma pero esta vez dentro de un pasado más remoto y difuso, bajo el cuerpo de una adolescente que pinta cosas muertas sobre el otoño. Ella improvisa un descuido y le entrega su segundo nombre… María Gabriela Zicavo
Una vez en la calle Elías se sintió otra vez un extraño, poseía aun el calor de esa casa y temía que la tibieza que le otorgaron esos cuadros lo abandonara en cualquier momento, su corazón se desteñía de gracia y buscó el apoyo de las altas paredes y sus enredaderas. El auto verde petróleo donde se había subido la mujer de mármol y el mendigo canoso estaba en la calle de enfrente, le pareció a Elías que no estaba hace unos momentos cuando llegó a la casa, sin embargo no había nadie dentro. Cada vez las cosas tenían menos sentido, su vida se hacía cada vez más parecida a un sueño donde las circunstancias cambian constantemente, exigiéndole a uno todo el tiempo actuar de alguna forma. Aunque una vez se considero ateo, ya no lo recordaba, y se veía entonces en el punto crítico de andar exigiendo todo el tiempo al cielo, ese olvidado papel que tiene que interpretar.
Caminó por mucho tiempo y se juró serenamente no detenerse hasta que la tierra termine. No sabemos si fueron las aguas del Leteo o lo que le ha tocado vivir, lo que sí es seguro para todos, es que fue en esa caminata donde Elías se volvió loco.

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