Son las cinco de la tarde y la puerta del hotel San José, en el barrio de Retiro, está abierta de par en par. El cielo continúa sin decidirse a dejarse llover y la luz que entra da un extraño ambiente a la sala. La oscuridad del lugar da un aspecto agradable y Elias Aceval entra. Escucha correteos en el pasillo de arriba, la amenaza de un chico y la risa de otro que se pierde tras una puerta que se cierra. El hotel vuelve a quedar en silencio. Como no hay nadie en la recepción sube al primer piso por quejosos escalones. Hinchando a borbotones la pintura, las paredes muestran hongos de tamaño horroroso en unas alturas que seguramente no alcanzan las escobas. Dos baños que comparten diez habitaciones, son una argamasa de moho y herrumbre. Las puertas de madera y vidrio de principios de siglo veinte hacen notar que en realidad, todo aquello fue alguna vez la casa de una familia distinguida, abandonada y reformada sin ganas. Los vidrios son tapiados con telas para evitar que se vislumbre el interior y hay números negros de mala caligrafía.
El aire es frío. Elías decide irse con su bolso hacia otro lugar, baja y se encuentra con el encargado, este ni siquiera lo mira pero Elías se siente con la necesidad de hablarle antes de irse, como evitando así que cualquier sospecha caiga sobre él.
--Este hotel habrá sido alguna vez la casa de alguien importante ¿no?
El aire es frío. Elías decide irse con su bolso hacia otro lugar, baja y se encuentra con el encargado, este ni siquiera lo mira pero Elías se siente con la necesidad de hablarle antes de irse, como evitando así que cualquier sospecha caiga sobre él.
--Este hotel habrá sido alguna vez la casa de alguien importante ¿no?
El recepcionista no se molesta en contestarle, peor aún, ni siquiera se digna en mirar al que le habló. Elías ya realmente incómodo una vez más le pregunta, no sabe por qué, si hay habitaciones disponibles y el costo. El hombre le cuenta que hay una pero que solo cobra por adelantado, diez pesos por noche. La indiferencia y prepotencia del hombre al hablar hacen que Elías asienta con la cabeza y busque su dinero. Sospecha por debajo que aquello que está haciendo lo va a disgustar más tarde, que cuando ocurren situaciones parecidas siempre actúa de la misma forma.
Una vez que Elías firma y entrega el dinero por un par de días de alojamiento, el recepcionista le cuenta aun sin mirarlo.
-- Hace mucho, no sé cuanto… esto fue una vez un internado de monjas, por eso se llama Hotel Familiar San José.
Una vez que Elías firma y entrega el dinero por un par de días de alojamiento, el recepcionista le cuenta aun sin mirarlo.
-- Hace mucho, no sé cuanto… esto fue una vez un internado de monjas, por eso se llama Hotel Familiar San José.
El Internado de monjas San José del barrio de Retiro era el lugar en que Magdalena se había criado. Pero él ya no lo recordaba.
La habitación de Elías era como el resto del hotel, solo que había unas cortinas coloridas y un ropero moderno que contrarrestaba con el ambiente. También una mesa de luz y un hombre se asomaba por un cuadro de colores oscuros. La cama era pequeña y Elías se abandona en ella como si lo hubieran herido, la figura del cuadro le impresiona, piensa en la amarga cara del recepcionista.
La habitación de Elías era como el resto del hotel, solo que había unas cortinas coloridas y un ropero moderno que contrarrestaba con el ambiente. También una mesa de luz y un hombre se asomaba por un cuadro de colores oscuros. La cama era pequeña y Elías se abandona en ella como si lo hubieran herido, la figura del cuadro le impresiona, piensa en la amarga cara del recepcionista.
El corazón blanco y seco como una mosca en la telaraña, se mueve solo por que el viento lo dice, ya no quiere nada, pero este hombre puede ser todavía algo más y no lo sospecha. Las casualidades, esa superstición en la que creen los hombres. La casualidad ya bien sabido por estas historias y por las historias de todos los hombres... no existe.
Elías completamente adormecido y sin recuerdos se deja atrapar por el mundo que muestran los vidrios oxidados, su vista reconoce apenas a una mujer, solo ella camina sobre la calle y sabe Elías que ella es especial para él. Como quien tiene una palabra en la punta de la lengua la imagen de aquella mujer proviene de otro lugar que no logra recordar. Escucha atentamente sus pasos, sospecha que aquellos podrían ser el pulso de su vida. La altura en que se encuentra le da cierta impunidad, mira su rostro fijamente hasta que se pierde y toda ella se aleja, como si su corazón todavía estuviese vivo y necesitase todavía algo de este mundo, comienza a latir fuertemente y Elías lo estudia como si no fuese su corazón, como si él fuese un medico y haya descubierto algo interesante en su paciente. Se ve con la necesidad de salir corriendo en busca de esa mujer, es algo muy fuerte que hace mucho tiempo no le ocurre y sorprendido se ve a su edad corriendo por el pasillo, luego por la escalera chillona. Un engranaje que recomienza otra vez una marcha fatigosa aunque implacable, Elías se avergüenza a la vez de tal arrebato aunque sigue corriendo como uno de esos chicos del edificio, avanza hasta la calle, se le ocurre murmurar algo de que llega tarde a una cita pero el recepcionista ni siquiera le presta atención.
Elías completamente adormecido y sin recuerdos se deja atrapar por el mundo que muestran los vidrios oxidados, su vista reconoce apenas a una mujer, solo ella camina sobre la calle y sabe Elías que ella es especial para él. Como quien tiene una palabra en la punta de la lengua la imagen de aquella mujer proviene de otro lugar que no logra recordar. Escucha atentamente sus pasos, sospecha que aquellos podrían ser el pulso de su vida. La altura en que se encuentra le da cierta impunidad, mira su rostro fijamente hasta que se pierde y toda ella se aleja, como si su corazón todavía estuviese vivo y necesitase todavía algo de este mundo, comienza a latir fuertemente y Elías lo estudia como si no fuese su corazón, como si él fuese un medico y haya descubierto algo interesante en su paciente. Se ve con la necesidad de salir corriendo en busca de esa mujer, es algo muy fuerte que hace mucho tiempo no le ocurre y sorprendido se ve a su edad corriendo por el pasillo, luego por la escalera chillona. Un engranaje que recomienza otra vez una marcha fatigosa aunque implacable, Elías se avergüenza a la vez de tal arrebato aunque sigue corriendo como uno de esos chicos del edificio, avanza hasta la calle, se le ocurre murmurar algo de que llega tarde a una cita pero el recepcionista ni siquiera le presta atención.

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