Los ojos estaban pegoteados, les costó abrirlos, los refregó con ambas manos y sospechó que era un error. Debía tener una infección o una suciedad enquistada. Se sienta en la cama y busca un espejo en la mesa de luz, estaba vacía, todos los cajones vacíos. Fue en ese momento en que Elías Aceval recuerda que había perdido su memoria, él no sabe exactamente como pierden la memoria los hombres pero sospecha que lo suyo es inusual.
Elías había despertado vacío, no sabe si perdió su memoria antes o después de abrir los ojos. No recuerda haber sufrido un golpe, revisa su cabeza para encontrar alguna herida o hematoma, no encuentra nada, ni siquiera un espejo. Sentado aún en la cama se contempla a sí mismo. No tiene memoria pero si conserva el pasado entre la células de su cuerpo. Tiene miedo y desconfianza a todo lo que pasa fuera de su habitación. Esto le hace descartar el ir a un médico, a un vecino, en pedir ayuda. Revisa los muebles de su habitación, están todos vacios, sus ojos están pegoteados aun, camina hacia el lavabo y se limpia a ciegas. Se le ocurre en ese acto obstruir el desagüe y ver su cara reflejada en el agua como los hombres antiguos, no resulta. Acude a los vidrios de la ventana y logra verse a penas, al hacerlo parece recordar su imagen. Eso lo consuela, recuerda su rostro, le es familiar, ve también un derrame escarlata en un ojo, no le duele pero está completamente rojo.
Hay un bolso negro debajo de la cama, en el lado izquierdo, al abrirlo encuentra ropa prolijamente acomodada, (se recuerda entonces prolijo) un libro de León Tolstoi (recuerda entonces la cara de Tolstoi) encuentra muchas bolsas de nylon, algunas con cubiertos, otras con medicamentos, otras con un par de zapatos, otra con muchos billetes de pesos argentinos, dólares y libras esterlinas, coloca todo como estaba, no recuerda nada de todo ese dinero.
Corre un poco la cortina de su habitación, está en el segundo piso de un hospedaje, como una pensión para personas solas, sospecha, todas las habitaciones son pequeñas con puertas de color bordo. Su habitación da a un balcón que sirve de pasillo hasta una cocina, escucha unos desconocidos conversando mientras preparan algo de comer. Se da cuenta, incomodo, de que todos en el mundo serán desconocidos para él, también siente como todos esos aromas de la cocina lo atraviesan voraz, como si no hubiera comido hace varios días.
Elías Aceval agarra su bolso y sale sigilosamente de su habitación, baja unas escaleras y cruza un patio de numerosas plantas, macetas sin nada y ropa colgada que lo van escondiendo para desaparecer de ese lugar.
Toma colectivos, come en pizzerías y cafés. Duerme en una terminal de trenes. A la mañana camina en círculos por la estación y escucha por ahí que es el barrio de Retiro.
Elías había despertado vacío, no sabe si perdió su memoria antes o después de abrir los ojos. No recuerda haber sufrido un golpe, revisa su cabeza para encontrar alguna herida o hematoma, no encuentra nada, ni siquiera un espejo. Sentado aún en la cama se contempla a sí mismo. No tiene memoria pero si conserva el pasado entre la células de su cuerpo. Tiene miedo y desconfianza a todo lo que pasa fuera de su habitación. Esto le hace descartar el ir a un médico, a un vecino, en pedir ayuda. Revisa los muebles de su habitación, están todos vacios, sus ojos están pegoteados aun, camina hacia el lavabo y se limpia a ciegas. Se le ocurre en ese acto obstruir el desagüe y ver su cara reflejada en el agua como los hombres antiguos, no resulta. Acude a los vidrios de la ventana y logra verse a penas, al hacerlo parece recordar su imagen. Eso lo consuela, recuerda su rostro, le es familiar, ve también un derrame escarlata en un ojo, no le duele pero está completamente rojo.
Hay un bolso negro debajo de la cama, en el lado izquierdo, al abrirlo encuentra ropa prolijamente acomodada, (se recuerda entonces prolijo) un libro de León Tolstoi (recuerda entonces la cara de Tolstoi) encuentra muchas bolsas de nylon, algunas con cubiertos, otras con medicamentos, otras con un par de zapatos, otra con muchos billetes de pesos argentinos, dólares y libras esterlinas, coloca todo como estaba, no recuerda nada de todo ese dinero.
Corre un poco la cortina de su habitación, está en el segundo piso de un hospedaje, como una pensión para personas solas, sospecha, todas las habitaciones son pequeñas con puertas de color bordo. Su habitación da a un balcón que sirve de pasillo hasta una cocina, escucha unos desconocidos conversando mientras preparan algo de comer. Se da cuenta, incomodo, de que todos en el mundo serán desconocidos para él, también siente como todos esos aromas de la cocina lo atraviesan voraz, como si no hubiera comido hace varios días.
Elías Aceval agarra su bolso y sale sigilosamente de su habitación, baja unas escaleras y cruza un patio de numerosas plantas, macetas sin nada y ropa colgada que lo van escondiendo para desaparecer de ese lugar.
Toma colectivos, come en pizzerías y cafés. Duerme en una terminal de trenes. A la mañana camina en círculos por la estación y escucha por ahí que es el barrio de Retiro.

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