Los días pasan y Elías solo observa un pequeño comprimido de veneno sobre la mesa de luz, a veces logra tocarlo y descifra el resultado de un pasado borroso. A veces también escucha pasos fantasmas sobre la calle y corre hacia la ventana, pero nunca hay nadie transitando esa calle salvo oscuros taxis libres de cualquier humanidad. Si no fuera por la necesidad de ir al baño mohoso o a una pizzería se quedaría siempre acostado en ese lugar. Se asoma al pasillo, está desierto, comienza a avanzar hacia las escaleras cuando los dos niños gritones del "25" lo atraviesan gritando con guardapolvos y mochilas. La recepción está vacía y la calle como siempre, se encamina hacia el bar en que suele comer algo, estos días lo tienen en una condición miserable, sin embargo no podría dejar de abrigarse en ellos.
De regreso al hotel el recepcionista con perpetuo desgano le avisa que vinieron a verlo, Elías lo llena de preguntas, su corazón vuelve a la vida. Le describió sin ganas a una mujer vestida con ropa antigua y a un viejo linyera, era ella y ¿el hombre canoso? Le había dejado una carta, Elías prácticamente la arrebata y huele el perfume imperceptible del bolso negro. Apura el paso hacia la calle y comienza una carrera hacia la dueña de esa carta, de ese bolso, de ese nombre, de ese perfume a acacias. Por ningún lado aparece su imagen y choca la puerta reclinable de la iglesia otra vez, la solemne soledad del interior lo tranquiliza salvo a su corazón que golpea y golpea el pecho. Ella no está. Vuelve a embestir la puerta y corre sin ningún sentido preciso más que el que otorgan esas calles empedradas y desiertas, a veces se detiene a devorar mas oxigeno y un dolor se sostiene cada vez más intenso en uno de sus lados hasta hacerse insoportable. El sobre estaba sin cerrar, dentro, un papel doblado tenia quizás su letra. Había una dirección grabada en tinta negra, camina y la lee una y otra vez. Un taxi dobla dos cuadras adelante y se aproxima. Elías le hace señas y este se detiene, ya dentro del auto se siente mejor, en ese placer locomotivo del que va a un encuentro auspicioso, el encuentro que vale más que el aliento de su vida. Se siente como un niño y casi grita al taxista la dirección que decía aquella carta:
- San Martín 1039, por favor
- La dirección que me está diciendo es donde usted estaba parado - le dice el taxista y corta con una navaja el humor de Elías.
Revisa con mas atención el papel y estaba a punto de bajarse del auto cuando encuentra otra anotación marcada debajo de la primera, solo que sin tinta, como si hubiera sido escrito con algo punzante. Elías la apoya contra el vidrio y se la dice al taxista.
Revisa con mas atención el papel y estaba a punto de bajarse del auto cuando encuentra otra anotación marcada debajo de la primera, solo que sin tinta, como si hubiera sido escrito con algo punzante. Elías la apoya contra el vidrio y se la dice al taxista.

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