La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 7)


El cielo nos miente un presente, aquella noche que precedió a la separación nos enteramos casualmente que muchas de las estrellas de la noche ya han muerto, solo recibimos su presencia. Es un mensaje que aun viaja por el infinito y nosotras podemos advertirlo. El cielo nos miente un presente todas las noches, miramos la luz de estrellas que ya no están. ¿Qué alusión hay más acertada que esta a nuestra condición de espectro?... Pero la pregunta sería, como en aquellas estrellas ¿Qué mensaje tendremos que dar aun?
Su tesoro escondido entre la funda y la almohada, un ritual y una danza frente al espejo que antecede al aquelarre. El vestido negro le quedaba perfecto, como a mamá. Aquel sábado Ana durmió con aquel vestido e inéditamente se levantó con la salida del sol.
Sudar del alba que espasma la corteza de los árboles y cansa el pasto. Nuestras gargantas que no son, juegan a las aves para despistar a la peregrina de la mano guía, pero de nada sirve, pues ella sigue a la mejor de las aves. Marcela viene por primera vez a nuestro bosque de acacias invitada irresponsablemente por Ana.
De noche las espinas son invisibles y fatales, en cambio la mañana las muestra como así también a aquellos hilos pegajosos que lanzan las arañas entre las ramas. Pero la humedad aquella vez levantó una neblina impenetrable. De todas formas Ana es bienvenida en todos lados, tiene el arroz en su pulgar y nada le podía pasar a Marcela mientras mantuviera su mano en la de Ana. Las chicas estaban ansiosas por separar esas manos y sobre esa mañana la acosaron hasta el espanto. Violeta le mostró a la joven intrusa su rostro que no era, sopló en su cara un aliento que no era, susurró un odio a su oído con una voz que nunca fue.
Marcela no debió correr por ese lugar, por más que el terror la atravesara enloquecida; no debió correr de la mano de Ana entre el bosque de acacias negras, Jamás debió separarse de ella sobre la neblina. Las ramas la destrozaron, perdió la vista de un ojo, la mirada toda, zurcos con sangre en la cara y en los brazos. Perdió mucho llanto y perdió la cordura.
Desde esa mañana, Ana nunca más vio a su primer y única amiga llamada Marcela y nunca más volvió a tener amigos. Tampoco nos volvió a perdonar por lo que le hicimos. De todas maneras ya no nos importaba; a diferencia nuestra, Ana y las acacias crecían, se hacían cada vez más cadáver, distantes, nos hacían sentir cada vez más seguido nuestra transparencia. Se agotaban como hojas secas, se desvanecían como estrellas.
A los dos días de la tragedia, Marcela volvió con su padre a Buenos Aires. Salvo eso nada más supimos de la intrusa. En cambio de nuestra hermana Ana, después de aquel incidente, su claustro fue inquebrantable por dos años. Aun así, nos logramos filtrar en aquella intimidad como en el interior de una crisálida madura. Notamos que Ana se había convertido en una mujer aun más hermosa de lo que había sido mamá y que en su piel tan blanca, como solo pueden tenerla los aparecidos, estaba cubierta todavía por el bordado de aquel nombre. Así es que nos decidimos ayudarla, no para redimirnos porque eso era imposible por nuestra condición, sino por no poder hacer otra cosa. Ana, nuestra hermana, ya era para nosotras una estrella que se nos iba muriendo poco a poco llenando con su frío todos nuestros días. Una noche sin concebirlo siquiera, nos deslizamos impulsivamente por la casa para abrir el candado de su puerta. Ni siquiera se dispuso a regalarnos una última mirada de despedida, tal vez no quiso perdonarnos, tal vez ya no podía vernos más.
Se escapó a esa ciudad llamada Buenos Aires para buscar a Marcela, al parecer nunca la encontró. Nos enteramos por la voz de las tías que allá fue prostituta como mamá, eso era algo que una vez nos preguntamos juntas, pero ahora ya tampoco nos importa. Nos duele el tiempo y eso nadie lo comprende, ni Ana ya lo comprende.
El vestido negro fue a parar donde duermen los perros, con las secuelas irreparables que ello implica: grasa de hueso, desteñido por el sol, terrible tufo y esos pequeños puntos de ausencia por las uñas de las bestias que desgarran y desgarran.

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