Por supuesto que Ana no volvió a esa escuela desde aquel recreo de cuarto grado, nunca fue a pedir disculpas con tía Julia, más bien nos enteramos que tía Julia y tía Marta fueron a seguir insultando a las maestras, a Eva sobre todo.
Nosotras, después de todo no extrañamos tanto la escuela, Ana ya nos lo había predicho, ella siempre odió la escuela y en estas súper vacaciones solía despertarse al mediodía con una sonrisa gloriosa y la cara hinchada de desbordado sueño.
Nosotras, después de todo no extrañamos tanto la escuela, Ana ya nos lo había predicho, ella siempre odió la escuela y en estas súper vacaciones solía despertarse al mediodía con una sonrisa gloriosa y la cara hinchada de desbordado sueño.
Pata trasera erguida y orejas expectantes al ruido que hacían mis hermanas, el gato Rubén se ensalivaba el lomo. Tía Marta, mate en mano, sentada en el umbral de la casa, también parecía contemplarnos con sus orejas, su mirada era grande y vacía en un punto fijo mientras aspiraba del mate. Recién bañada, con su vestido amarillo; solía vigilarnos por las tardes mientras jugábamos al submarino “nautilos” entre los pastizales del fondo. Este juego era nuevo y emocionante, aunque esa tarde nuestro verdadero fin era otro.
Ana era la nefasta ballena de mares profundos, corría encorvada y disimulada entre la sequedad del pasto que creció todo lo que pudo para enfrentar al otoño, los cardos solían ser gigantescos allá por el fondo, las espigas se clavaban como lanzas de duendes entre las ropas y las vizcacheras disimuladas en la maleza atrapaban el paso y lo doblaban, eso hacia estallar un grito aquí y un grito allá como un verdadero campo minado.
De vez en cuando en una euforia repentina, tía Marta nos advertía que nos íbamos a romper un pie, que fuéramos a jugar más cerca de la casa, pero como suele hacer ella, nos hacíamos como que no escuchábamos.
Ana era la nefasta ballena de mares profundos, corría encorvada y disimulada entre la sequedad del pasto que creció todo lo que pudo para enfrentar al otoño, los cardos solían ser gigantescos allá por el fondo, las espigas se clavaban como lanzas de duendes entre las ropas y las vizcacheras disimuladas en la maleza atrapaban el paso y lo doblaban, eso hacia estallar un grito aquí y un grito allá como un verdadero campo minado.
De vez en cuando en una euforia repentina, tía Marta nos advertía que nos íbamos a romper un pie, que fuéramos a jugar más cerca de la casa, pero como suele hacer ella, nos hacíamos como que no escuchábamos.
–Dale que está en las nubes otra vez –susurré a las chicas como alarma para el escape.
–¡Esperá, esperá! –La Chicha gritaba exageradamente simulando una persecución encarnizada, pero nadie más que ella estaba en los pastizales, todas nosotras ya cruzábamos el alambrado hacia lo de Doña Rosa. Corríamos como gacelas por el cultivo entre la alarma vigilante de los teros. La Chicha nos alcanzaría ya más tarde cuando el escape estuviera asegurado. Nunca supimos bien si tremenda estrategia sirvió alguna vez de algo. Siempre ocurría que tía Marta visitaba verdaderamente las nubes cuando alguien le ponía un mate en la mano.
Doña Rosa nos odiaba abiertamente; por lo que nos mantuvimos afuera, alertas, en la ventana. Ya se estaba haciendo de noche y Ana golpeaba la madera curtida que hacía de puerta.
Doña Rosa nos odiaba abiertamente; por lo que nos mantuvimos afuera, alertas, en la ventana. Ya se estaba haciendo de noche y Ana golpeaba la madera curtida que hacía de puerta.
–¿Doña Rosa, qué es prostituta? –Ana fue directo al grano.
–¿Y para qué querés saber eso vos? –Doña Rosa preparaba algo de comer a Ana y por supuesto algo para ella.
–Es importante –contesta Ana clavándole una mirada oscura y exigente.
–Prostituta… –pronunció largamente Doña Rosa; quizás adivinando las intenciones de Ana, recordando la amistad que alguna vez la unió a su madre
– Yo conocí una vez a un persona que todos acá en el pueblo la llamaron prostituta, fue la persona que mas quise, mi amiga del alma desde la niñez y que no sabes cuánto extraño...
Doña Rosa comenzó a limpiarse unas lágrimas que nunca salieron y siguió contestándole a Ana.
– Yo conocí una vez a un persona que todos acá en el pueblo la llamaron prostituta, fue la persona que mas quise, mi amiga del alma desde la niñez y que no sabes cuánto extraño...
Doña Rosa comenzó a limpiarse unas lágrimas que nunca salieron y siguió contestándole a Ana.
- A esa persona le decían prostituta solo por que el dueño de la estancia de Villa Hayes abusó de ella siempre y cuando quiso, a cambio y a la fuerza le otorgó a su familia una casa, dinero y algo de protección. Así de injusto a ella la trataron siempre como una prostituta solo porque Mercedes, la esposa de aquel desalmado hombre de la estancia lo quiso, y se aseguró con todas las fuerzas que le daban sus días de que todas las otras mujeres del pueblo la evitaran y la juzgaran también. Así pudo ocultar su humillación humillando al otro. Se encargó con rabia y furia de que aquella joven sufriera un desprecio y una humillación que nunca buscó. Logró Mercedes que la joven fuera despreciada aun por su misma familia y por una iglesia que ya no le permitió la entrada, y luego... luego la tragedia. Alberto Aceval vivió entonces con los escándalos que le hacia su esposa Mercedes, que le recriminaban entre otras cosas la muerte de una hija y la fuga sobre una noche de su otro hijo. Solo una cosa calmó a esa cruel mujer despechada que como la maldita Salome pidió una cabeza más al rey Herodes: Jamás por nada del mundo él debía tener un hijo con ella.
Su esposo Alberto Aceval de conocido carácter no pudo sin embargo resolver la rabia de su esposa. Para calmar esos ataques el cedió a algo que nunca había hecho desde la muerte de su enemigo Atalaya. Don Alberto volvió a hacer un juramento.
Se comprometió ante su esposa Mercedes y ante dios que él nunca le daría un hijo a aquella jovencita. Sin embargo con los años, no hizo otra cosa que dejarla embarazada y así la obligó resuelto y con violencia a abortar a cuanto niño él le hacía. El juramento impronunciable que Don Aceval le había jurado a su esposa lo cumplió a rajatabla. El se sabía un hombre de palabra y así arrastro a mi amiga hasta la curandera una y otra vez para matar a cada uno de sus hijos. Todos en Constancia sabían esto, la curandera no era una persona que guardara nunca un secreto... salvo uno. Salvo el secreto de un parto y la agonía en la privacidad del monte.
Su esposo Alberto Aceval de conocido carácter no pudo sin embargo resolver la rabia de su esposa. Para calmar esos ataques el cedió a algo que nunca había hecho desde la muerte de su enemigo Atalaya. Don Alberto volvió a hacer un juramento.
Se comprometió ante su esposa Mercedes y ante dios que él nunca le daría un hijo a aquella jovencita. Sin embargo con los años, no hizo otra cosa que dejarla embarazada y así la obligó resuelto y con violencia a abortar a cuanto niño él le hacía. El juramento impronunciable que Don Aceval le había jurado a su esposa lo cumplió a rajatabla. El se sabía un hombre de palabra y así arrastro a mi amiga hasta la curandera una y otra vez para matar a cada uno de sus hijos. Todos en Constancia sabían esto, la curandera no era una persona que guardara nunca un secreto... salvo uno. Salvo el secreto de un parto y la agonía en la privacidad del monte.
Doña Rosa terminaba temblando su relato y abrazaba fuerte a nuestra hermana, esta vez sí lloraba con una fuerza incontenible. Nosotras mientras tanto nos detuvimos a observar curiosas, esas aguas que sacan los encarnados por sus ojos.

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