La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3 - Parte 9)


Elías Aceval recuerda muy pocas cosas, se recuerda bañándose en un río torrentoso y que un gran dolor le rasguñaba el pecho, se recuerda agotado y rendido agarrándose de unas ramas que se sostenían desde una orilla. Como en uno de esos sueños donde el aire nos cierra en una trampa y nos quedamos inmóviles sin poder mover nuestro cuerpo tieso. En un momento escucha un hombre gritar y hacerle señas, sentía que si le contestaba, si respondía con un saludo y dejaba de sostener por un momento las ramas, el río se lo iba a llevar. El hombre corría y lo llamaba con el nombre de Borghi, al parecer lo conocía y le ofreció ya una vez cerca de la orilla una ayuda para salir. El hombre estaba nervioso, embarrado y con la ropa rota y ensangrentada, como si lo hubieran azotado o más bien como si lo hubieran rasguñado cientos de manos para impedirle el paso.
El hombre se nombró a sí mismo como Fierro y le contó una historia, una historia que hablaba de Elías Aceval huyendo de muy joven desde un pueblo hacia la capital, allí el vaga por un tiempo gracias al dinero que roba de sus padres antes de la fuga, luego con ese dinero también se hace de un nombre falso y encuentra trabajo como ayudante en la Editorial Perfil. El hombre llamado Fierro, le cuenta que Elías Aceval (ahora con el nombre falso de Mauricio Borghi) después de veinticinco años vuelve a ese pueblo en que nació. Le cuenta que recientemente ha matado a su padre y que debe entregarse a la justicia. Tanta información lo confunde, así de mareado se intenta vestir aun mojado y se pone en camino hacia algún lugar. El hombre le alcanza las llaves del auto y le dice que es suyo, que debe ir a la policía para salvar al correntino, ¿un correntino? Elías tiene mucho miedo y el otro hombre le contagia todo el nerviosismo. Maneja durante días sin nunca mirar hacia atrás en un auto que le parecía ajeno a pesar de ser suyo. Confundido y sin aire, solo un par de cosas conservaba de esa vida que se le había olvidado. Ese auto, ese hombre (¿amigo?) que se llama Fierro y al que ya había dejado muy atrás sin siquiera saludar, un bolso lleno de dinero, documentos, pasaportes, un libro y un facón muy grande y ensangrentado. Pero lo que más le sorprende no son todas esas cosas que lleva huyendo por caminos provinciales y rutas desiertas. Lo que le preocupa verdaderamente es algo que el olvido con sus aguas no pudo borrarle, es solo un nombre y un deseo intenso de encontrarlo, el nombre de Magdalena rebota dentro de una cabeza vacía.

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