La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3- Parte 6)


Por suerte a nosotras mamá no nos arrojó en el baño. Dejó de hacerlo en el baño porque tía Julia y tía Marta lo vieron en el pozo negro y le dijeron a la abuela. Así es que a nosotras comenzó a dejarnos por la noche dentro del monte, siempre con la ayuda de la curandera que mandaba Don Aceval. Hasta que llegó un día en que Don Aceval viajó a la Capital y mamá decidió ya no hacerlo y entonces engordó mucho, y vino Ana como un bebé quejoso en los brazos de la curandera. Entonces a mamá ya no la vimos más, escuchamos que ella murió en el parto. La vida y la muerte; también niñas hermanas que rozan levemente sus manos en ese dar y quitar. Hasta ese entonces ninguna de nosotras sabíamos lo que era nacer, tampoco morir por carecer de lo primero.
Comenzamos a ser más atentas a este tipo de cosas que ocurrían alrededor y que los grandes no nos decían.
En aquellas noches extrañas se solía sorprender a una de mis hermanas llorando, sorprendía aquel olor a mar en el aire, aquel olor a tierra húmeda; pues el olor a tristeza es distinto al de extrañar. Éramos muy jóvenes para saber que esa estrella ya no volvería a abrirse y que nunca más escucharíamos su voz.
Se nos hizo habitual llorar en las noches, cuando nos agarraba así el miedo, descansábamos todas juntas en mi árbol. Seis en una acacia, ya las que quedaban en los bordes se quejaban de estar más expuestas al monstruo, de cara a ese devorador, de espaldas al que construye en frío y oscuridad. Las desafortunadas de los bordes no podían descansar por el espanto, así que pasado algún tiempo teníamos que cambiar de lugar. Ninguna, al final de la noche había podido descansar bien.
Tres años después de haber hablado con Doña Rosa ya se tenía bien en claro la vida y muerte de nuestra mamá, se tenía en claro que somos hijas de Alberto Aceval. Ana era la única que había nacido y la única que nunca lo había visto. Mejor así, ese hombre es la muerte.
Por algún tiempo Ana comenzó a mirar de manera esquiva. Tía Marta le regaló un ramo de rosas que cortó del jardín de doña Esther y le dijo que ya era una señorita. Por la tarde nos dijo con voz de importante que no iba a salir a jugar por que le dolían los ovarios. No entendimos lo que era eso, al parecer ella tampoco entendía mucho y no tenía muchos síntomas de dolor, sólo denotaba cierto placer al pronunciar la palabra “ovario”, un placer de sentirse importante al sentir un dolor sobre algo que sólo ella tenía.
Ana cambió su manera de ser después de aquel ramo de rosas, más que nada; el cambio se empezó a gestar apenas le regalaron el vestido de mamá. Se la veía por las noches correr hacia el monte de acacias y bailar en el claro que permitía la luna. La primera en verla fue la Chicha y estaba muy divertida, todas se reían de ella sin mostrársele, yo también reí pero luego la alegría se convirtió en miedo. Ya nunca pude olvidar esa imagen, ya siempre asemejándola como el primer estigma de la tragedia. El rostro feliz de Ana, blanco como la luna, su cabello claro como las hojas amarillas que se sueltan de las acacias, su mirada esquiva, sus pies desnudos en la crujiente hierba, su locura y su vestido. Ana cambiaba de cuerpo como la serpiente abandona su piel; casi sin notarlo, adoptaba un cuerpo nuevo y nos lo negaba indiferente. Su pecho comenzaba a inflamarse, sus piernas se hacían largas y se maduraban también en sus caderas, cada cuerpo que adoptaba nos hacía más distantes, ya no gustaba hablarnos, ya no quería jugar con nosotras, ya ni nos peleábamos, ni siquiera nos lograba ver con nitidez y solía traspasarnos en descuido como tía Marta y tía Julia lo hacían. Con el tiempo las chicas ya no se divertían con burlarse de Ana, la dejaban bailar y solo venían a descansar a mi árbol.
Ana volvió a cursar en la escuela dos años después, pero no nos invitó. En cambio llevaba aquel vestido negro debajo del delantal. Sólo hablaba con él y con Marcela, una chica nueva de lo más extravagante que llegó de la Capital. Con un gusto de lo más extraño, ella la invitaba a pasar las tardes en el cementerio para imaginar las manos que allí descansan, pero no era aquel cementerio maldito que habíamos descubierto nosotras en el centro del monte… No… Este era un cementerio municipal. Nosotras no tenemos permitido pisar aquellos lugares ya que no nacimos, pero Ana igual nos lo llegó a describir de mala gana como un lugar vulgar y perezoso en contar historias. Este cementerio nuevo está situado cerca del pueblo de Constancia, con el nauseabundo olor de las flores muertas sobre el agua estancada, pintado y repintado con cal hasta el hartazgo. Rodeando todos los caminos están las hileras de álamos domesticados que muestran sus ramas nudosas como alas atrofiadas por la miserable poda anual.
En ese lugar pasaron ambas las tardes entre la intimidad de los pasillos y la mirada reservada de los muertos. Era el lugar perfecto para sus silenciosas charlas en la timidez de la última niñez.
Luego aquello les pareció poco a esas dos nuevas amigas y quisieron devorar todo el tiempo juntas. Comenzaron a escaparse por las noches para perderse entre las calles del pueblo y a fumar tabaco con una pipa de caña que nosotras habíamos fabricado con Ana. Nos sentimos traicionadas, eso nos llenó de una indignación terrible con olor a musgo y por ese motivo dejamos de hablarle a Ana por algún tiempo.
Nosotras siete tuvimos siempre la mirada desnuda, pero ella ahora ya no la tiene, se le ha cubierto como a todos. Entre los inmensos montes de acacia que desbordan a Constancia, en una pequeña y vieja casa de madera, Ana tuvo siempre la mirada a la intemperie hasta que conoció a esa tal Marcela. Eso la hizo ya diferente a nosotras más que el hecho de nacer. Ella la cubrió, le regaló otro párpado más persistente que terminó cegándola. Su cara y su nombre lo tenía Ana bordado dentro de sus párpados y así es que nos empezó a hacer trampa mientras le hablábamos, nos dimos cuenta de su truco: los cerraba para imaginar sucesos con ella. Luego sus pies se bordaron también con su nombre y entonces comenzó a usar unos zapatos negros todo el día para que nadie lo notase, ya con aquel nombre bordado en sus pies no tenía otra opción que huir enloquecida para dar a su encuentro. Entonces tía Julia le gritó furiosa que aquella amistad no era buena, le hizo prometer no ver ya mas a esa chica. Por las dudas comenzó a encerrarla y los cinturonazos, cada vez mas desalmados, comenzaron a marcar las piernas de Ana. Pero a la larga todo fue inútil, porque sus piernas y toda su piel habían comenzado a bordarse con el nombre de aquella amistad. Ya nada le dolía. Sus manos también estuvieron bordadas, su pelo se trenzó con su nombre, sus brazos, su cara, toda ella estaba bordada, ya no podía disimularlo más y llegó el momento en que al vestido negro de mamá se le bordó también ese maldito nombre… eso nos llenó profundamente de rabia, odiamos el nombre de aquella usurpadora y el aire del bosque se empezó a llenar de un olor parecido a la carroña.
Recién por la última de las noches en que vimos a Ana, ella invitó a su amiga a su bosque de acacias, quizás para tirarse en el suelo crujiente de su claro y hablar de cielos como hacía con nosotras. Ella no debió olvidar nunca que su claro las recibiría como un jardín profano recibe a su sacerdotisa y a su ofrenda

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