La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 3- Parte 3)


Yo soy la mayor, luego vino Luisa, Raquel, Susana, luego la Chicha, luego Violeta y después Ana. Ana era la menor, pero siempre quería llevarse el mejor papel de la obra, a veces lo llevaba, la dejamos ser reina cuando jugamos a la revolución, ¡Zac, a la guillotina Ana! ¡Viva la República! Ana se puso a llorar… lloró Ana esas gotitas cristalinas y corrió hacia el monte de acacias ¿Cuál es la manera en que lloran los encarnados? Nosotras lloramos aromas, se puede oler el sudor de una cara agitada si lloramos una nostalgia, se huele a caucho quemado cuando tenemos miedo. De nuestros ojos no salen lagrimas, esas gotas de agua salada, no hemos dejado de investigarlas, están las felices y frías; y las tristes, que son tan calientes que queman. No es que no nos sorprenda la fiebre de la pena, a nosotras sobre todos; pero nacimos entre las cosas que no existen, la república de lo sutil, la alucinación de llorar aromas.
Ana era la única que brotaba gotas por los ojos. Una vez Violeta se agarró de los pelos con ella en el bosque, es que le dijo a Ana que fue ella quien la mató a mamá, Ana al principio pareció no entender.
–¡Vos naciste y le robaste la vida a mamá! –gritó Violeta desaforada en la cara petrificada de Ana. Luego aparecieron esas gotas de agua que les había contado, pero estas eran distintas a todas, primero tibias pero luego se pusieron calientes como el fuego, olían como fuego. Pensar que la pelea empezó por quién iba a ser Tarzán y quién la mona Chita.
Violeta jamás debió decirle esa estupidez, pero ella realmente lo creía en la superstición más horrible y pueril. No había tiempo de explicaciones, Ana ya corría hacia el bosque de espinas. Las hojas caían desprendidas, girando anónimas, livianas, trompos pequeños.
Ana frecuentaba ese lugar cuando se enojaba con nosotras, es que le temíamos al monte de acacias negras cuando se hacía el día, ese era nuestro hogar, pero sólo en la noche. En el día sólo se paseaba la fatalidad entrometida ¡Ay si se la veía tan contenta cuando Ana la visitaba! Bah, que se embrome, Ana orgullosa.
–¡No! –nos gritó desde el bosque, sus ojos se abrían grandes, destellantes y sus labios se apretaban de rabia– ¡No hablen más! –En la carrera una rama certera la hizo caer de rodillas, tenía las manos con sangre, brotaba de la ceja, salía de la frente, de una mejilla. Comenzaba a llorar aunque ya lo estaba haciendo, un llanto se le subía al otro hasta atragantarla sin aire. No debía humillarse, aún más frente a las acacias, frente a sus hermanas, todas se burlaban desde su mente, aunque en realidad todo temblaba de espanto.
¿Quién creó las espinas? Su única función es la de hacer daño, desgarrar, lastimar al otro ser. ¿Qué tipo de inteligencia hay detrás de ellas? ¿Quién ha inventado el alambre de púas? ¿Qué tipo de invento es este? No sirve para detener, sino para infligir algún daño al que lo traspasa, al enemigo. Un preso no se detendría ante un alambre de púas, su función no es detener sino causarle el mayor sufrimiento en su camino, un abrazo desesperado del odio que no logra detener a las vacas en su búsqueda, aunque las hiere. Ana no se detendría al cruzar los alambres oxidados y de puntas amenazantes que circundan nuestro campo, tampoco lo harían las espinas de las acacias negras, menos detendrían a Ana las advertencias de tía Julia, nada de esto fue creado para detener, sino para otra cosa.
El rostro se hacía con sangre aunque Ana lo limpiaba con la manga del buzo. Durmió esa noche en el establo de doña Rosa. Doctores o golosos, los perros la reconocían y lamían su frente cuando al fin consiguió el sueño, un sueño molesto de mocos y rastro de llanto.
Tía Julia fue quien la vio llegar al amanecer, todas nosotras estábamos aún en el bosque con el silencio del que espía algo terrible aunque gratificante. Ana caminaba al paso silencioso, rápido, vergonzoso del que no quiere llorar aún, pero tía Julia no dijo nada tampoco, ambas se vieron en el camino y entraron en la cocina. La puerta de madera chistó al raspar el cemento, la pava en el fuego, la heladera vibrando y los pájaros ignorantes de lo que ocurría se hicieron escuchar mientras tía Julia tomaba del hombro a Ana, la colocaba en la silla y desaparecía hacia el baño. Ana sintió la temerosa bienvenida de todo hasta que tía Julia volvió a la cocina, tenía el alcohol y la toalla en la mano. Tía Julia podía haberle gritado como siempre, pegarle con el cinturón pero nada de eso hizo, Ana ardía en alcohol desde la herida y hubiera gritado, llorado como siempre, pero por alguna razón ya no lo haría más. Por lo menos en los siguientes cuatro años que vivió con nosotras.
Recién a los tres días, Ana rompió el silencio y le contó todo a tía Marta, tía Marta se lo contó a tía Julia, ambas fueron a hablar con Ana, le contaron muchas cosas de mamá, de cuando era niña, de cuando iban al río, de lo que amaba y de lo que odiaba, de lo linda que era, de cuánto se parecían ambas. A Ana se le fue la rabia, aunque las cicatrices le cruzaron el rostro para siempre. Esa tarde llevaron a Ana hacia la habitación de tía Julia, le dieron una caja azul y Ana sonrió, conocía lo que había dentro, las tías ya se lo habían dicho, un vestido negro dormía dentro de esa caja. El olor a naftalina saturó la habitación y nuestras lágrimas pasaron invisibles.

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