Brote del alba, tiernas hojas de luz, el dios que se asoma naciendo perpetuo. La sombra de un árbol da calor en la noche y frío en el día. Se puede ver a mis hermanas abriendo los brazos, la vista, la boca y un silencio sagrado que no se profanaba hasta que el sol dejara de emerger de la tierra lejana que a todos quema. Por los espíritus malignos que usurpan el sueño no se duerme jamás de mañana. Se las podía ver muy niñas aún, no es precisa la verdad para quienes sólo deben juego y sueño.
Del otro lado del alambre, un hombre de visera verde, con el cuello flaco y enrojecido por la intemperie se fastidiaba fastidiando a una mula caprichosa. La bestia rebelde le mostraba unos dientes amarillos, los belfos negros le temblaban igual que las patas traseras, sólo a veces de aburridas corríamos a tirarle de la cola para que finalmente descargara la coz terrible sobre el viejo hierro que arrastraba. Los duros terrones de tierra saltaban en todas direcciones y nos hacían reír hasta el llanto, entonces todo olía a manzanilla. El chimango, a diferencia del pobre hombre de visera; logró vernos y voló una y otra vez hacia la casa, la puerta de la cocina estaba abierta y tía Julia la cruzó con una decena de broches en la boca; el pobre chimango no entendía que eso también era muy gracioso, verla luchar con una sábana mojada batiéndose al viento, ellos no saben de lo que es gracioso: como tía Julia, como el hombre de visera verde, como los árboles de espinas. No podemos imaginarnos cómo viven ellos; o mejor dicho, cómo duermen.
Seguíamos a veces hasta lo de doña Rosa, que vivía después del cultivo y nos asomábamos por la ventana. Doña Rosa era gorda y se la solía sorprender manteniendo su figura con un sándwich de algo. Su casa era parecida a la nuestra por fuera, con ese ladrillo sin revocar que cuando una pasaba corriendo y lo roza se lastima, sangra una pequeña melodía que es raspón.
“¡Chist!”. Le susurramos desde todas las ventanas. El cabello pareciera que se le desordenaba más, un asma comenzaba y unos ojos grandes y verdes se abrían hasta más no poder, sólo le quedaba persignarse con sus manos de bebé grande y mirar las ventanas expectantes. No se atrevía a cerrarlas, la papada de doña Rosa ascendía y se mantenía, un silbar aquí, otro allá, era Violeta; que acababa de aprender a hacerlo, y era probable que se produjera el grito, era terrible, el grito de doña Rosa era ininterrumpido. Entonces volvía a entrar en acción el hombre flaco y su mula: como en otras mañanas, corría una vez más con su mano en la gorra de visera verde, abandonando su mula que ahora corría hacia otro lado y fastidiosa aún con los hierros que le tocaba arrastrar. Teníamos que desbandar, siempre doña Rosa nos acusaba con el hombre de visera, lo hacía cerrar las ventanas, lo hacía revisar la casa, lo hacía quedar junto a ella y él le daba muchos besos; era la única oportunidad que tenía el hombre de visera verde para besar a doña Rosa a pesar de que era su marido, más de una vez ya lo habíamos escuchado gritarle iracundo mientras nos perdíamos entre el maizal “…Rosa que sos más arisca que la mula!”
“¡Chist!”. Le susurramos desde todas las ventanas. El cabello pareciera que se le desordenaba más, un asma comenzaba y unos ojos grandes y verdes se abrían hasta más no poder, sólo le quedaba persignarse con sus manos de bebé grande y mirar las ventanas expectantes. No se atrevía a cerrarlas, la papada de doña Rosa ascendía y se mantenía, un silbar aquí, otro allá, era Violeta; que acababa de aprender a hacerlo, y era probable que se produjera el grito, era terrible, el grito de doña Rosa era ininterrumpido. Entonces volvía a entrar en acción el hombre flaco y su mula: como en otras mañanas, corría una vez más con su mano en la gorra de visera verde, abandonando su mula que ahora corría hacia otro lado y fastidiosa aún con los hierros que le tocaba arrastrar. Teníamos que desbandar, siempre doña Rosa nos acusaba con el hombre de visera, lo hacía cerrar las ventanas, lo hacía revisar la casa, lo hacía quedar junto a ella y él le daba muchos besos; era la única oportunidad que tenía el hombre de visera verde para besar a doña Rosa a pesar de que era su marido, más de una vez ya lo habíamos escuchado gritarle iracundo mientras nos perdíamos entre el maizal “…Rosa que sos más arisca que la mula!”
En el medio del pulgar hay dos líneas, las llaman “el grano de arroz” por el dibujo que forman. Dicen que las personas que tienen un grano de arroz grande son bien recibidas en cualquier lado. Ana tenía el grano de arroz más grande que se haya visto.
Entonces hablemos de Ana: nació y eso la hace especial, tenía ya nueve años y llovía alegría a tía Marta, en cambio, tía Julia era muy seria y siempre parecía incómoda a los arrebatos de Ana, esa picazón que corría por la mente de tía Julia se debía a que Ana le hacía acordar mucho a mamá. Es que Ana tenía el cabello azabache de mamá, sus piernas largas y mugrosas (como deben ser las de una niña que juega con las acacias y las vacas) eran víctimas también del cinturón severo de tía Julia como lo fueron las de mamá. Pero tengamos en cuenta que a diferencia de mamá, Ana poseía un arroz grande en el pulgar, lo que la hacía ser bien recibida en todos lados.
–¡Julia anda despertando a Ana! –gritó tía Marta desde el gallinero.
–¡Ana, ya es hora! –gritó al instante tía Julia. Ana escuchó las dos órdenes pero siguió inmutable.
–Vamos Ana que es tarde –tía Julia volvió a hacerse escuchar, Ana murmuró mentalmente una excusa, una mentira. “Hoy no hay clases”, “hoy entro más tarde”, “hoy no viene la maestra”, “hoy no…”. Pero a cada una de ellas se adelanta el grito insistente de sus tías y su espalda se arqueó automáticamente, sentándola en la vigilia. La luz comenzaba a gritarle también desde todas direcciones y le arqueaba la ceja ¡ay, si pudiera quedarse un poquito más!
–Vamos Ana que es tarde –tía Julia volvió a hacerse escuchar, Ana murmuró mentalmente una excusa, una mentira. “Hoy no hay clases”, “hoy entro más tarde”, “hoy no viene la maestra”, “hoy no…”. Pero a cada una de ellas se adelanta el grito insistente de sus tías y su espalda se arqueó automáticamente, sentándola en la vigilia. La luz comenzaba a gritarle también desde todas direcciones y le arqueaba la ceja ¡ay, si pudiera quedarse un poquito más!
–¡Dale nena! – Le zarandeamos el hombro, le quitamos las sábanas– dale que llegamos otra vez tarde.
A diferencia de Ana, todas nosotras amamos despertar con el sol, nos es imposible no hacerlo, sentimos que la luz comienza a cosquillearnos por todo el cuerpo, sobre todo en los ojos, porque nuestros párpados nunca anduvieron. Será que nosotras no nacimos; ¡bah! no nacimos en un cuerpo, como todos, como Ana; pero nuestros pies de espíritu suelen ir de aquí para allá. A veces tía Marta nos abría la puerta del fondo para que jugáramos afuera, o sea, correteos torrentosos entre risas y peleas que se perdían en el patio. Si tía Julia nos escuchaba gritando seguro que salía con el cinturón y nos echaba para el bosque; pero el patio era inmenso y las acacias negras le ponían fin antes que los alambres y las tranqueras. No nos gustaba visitar el bosque de día, salvo cuando acompañábamos a tía Marta a recoger leña. Temíamos cuando el día entraba por él, se veían cosas feas, sólo subíamos por la noche a descansar.
Las vacas son las culpables de que esos árboles crezcan por todo Constancia, las chauchas que tiran las acacias son sus favoritas y andan cagando sus semillas por todos lados. Las acacias desagradecidas clavan sus espinas a esas mismas vacas repartidoras que muestran orgullosas sus cicatrices y sus bocas llenas de vainas.
El monte de acacias negras que se extendía detrás de su casa era inmenso, Ana nunca se adentró más que unos cien metros, solo hasta el claro de sus juegos era suficiente para ella. En cambio algunas de sus hermanas fueron mucho más allá y volvieron con mucho miedo, todas hablaban a la vez de unas historias increíbles. Ana pudo saber luego que a muchas horas de camino uno se encuentra con un cementerio olvidado, el monte y la vegetación lo están cubriendo sarcásticamente como una mortaja viva y un río torrentoso se deja escuchar muy cerca. Sus hermanas no pudieron entrar en él porque allí mismo supieron que una maldición terrible cae sobre aquel terreno olvidado.
Ese mismo día tía Marta al fin les contó a todas después de hacerse rogar un rato, que una vez ya hace varios años, cuando ella era todavía una niña como ellas, tenía terminantemente prohibido visitar aquel lugar, escuchó que en ese lugar se suicidaron la hijastra y la esposa de Don Alberto, el dueño en ese entonces de toda la estancia.
Alguna preguntó inevitablemente a tía Marta por que se habían dado muerte en aquel lugar.
–Nadie sabe… –Tía marta comenzó a hacer memoria como si saboreara cada recuerdo con un paladar oculto, chusmear la vida y las pasiones de los otros siempre llenó su tranquila y vacía existencia– pero todos en la estancia y en el pueblo supimos de la muerte de su hijastra recién cuando murió su esposa, yo a ella la conocí una vez, por una foto…
Tía marta quedó en silencio sin haber contestado la pregunta y las niñas se lo hicieron saber todas a la vez, gritándole, tirándole del vestido, colgándose de un brazo.
- Niña… debes saber que a los secretos no les gusta ser secreto… Algún día que sean más grandes se los voy a contar. Dicen que los hijos de Don Alberto estaban enamorados y eso estaba prohibido para ellos.
–¿Y por qué?
–Y porque eran hermanos por parte de la madre –Tía Marta complaciente se ve contenta en aquella conversación.
–¿Cuantos años tenía ella? –Preguntó Ana impresionada.
–…Doce… trece años.
Todas coincidimos en algo aquella vez, a diferencia de tía Marta todo eso nos pareció una estupidez y nos fuimos decepcionadas, los varones nos parecían de lo más tontos, tan solo con recordar los coqueteos que el hombre de visera le hace a la Rosa y nos agarran escalofríos. ¡Y los de la escuela son tan insoportablemente entupidos! Que desengaño, pensar que aquella maldición y su origen nos habían costado tantas horas de apasionada intriga. Salvo por Ana que sacaba conversación de vez en cuando, nosotras tan solo nos olvidamos.

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